- Circulo de Estudios Tercerposicionistas: Socialización
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martes, 10 de noviembre de 2015

El Socialismo nacional

El «socialismo nacional antimarxista»

En el manifiesto de los «Grupos Nacionalistas Revolucionarios de Base», organización francesa afecta a esta corriente, que publica la agencia informativa semanal «Cahiers Européens», encontramos la definición de socialismo nacional. Escriben los nacional-revolucionarios franceses: 

«El Estado Nacionalista será, ante todo, el brazo armado de la comunidad nacional. Nosotros combatimos por un "Socialismo Nacionalista" que no es más que la expresión de nuestra oposición radical y absoluta al capitalismo bajo todas sus formas. El capitalismo no es más que el excremento insano, en el dominio económico, del liberalismo político y de la ideología sionista.» 

El Socialismo Nacionalista es la toma de conciencia de que una sociedad comunitaria es la opción económica y social indispensable del Estado Nacionalista sobre el plano político. Este socialismo concebirá la economía de la siguiente forma: 

— Asegurará el pleno desarrollo de la empresa libre. La propiedad será respetada y sostenida por el Estado Nacionalista en tanto que verdadero antídoto del capitalismo monopolista. 

—Asegurará el control por la Comunidad Nacional de todos los bienes que le han sido sustraídos y los utilizará para el desarrollo de las fuerzas productivas de la nación. 

— En las empresas se ayudará al desarrollo de grupos autónomos de productores, favoreciendo el interés de los trabajadores no sólo en los frutos de la expansión de su empresa, sino también en la posesión de los útiles mismos de trabajo. 

— El objetivo final del Socialismo Nacionalista será la puesta en pie de una comunidad social homogénea, la de todos los Trabajadores, la de todos los productores, que excluirá de su seno a los parásitos y los aprovechados.» 

Tales son las primeras ideas: se acepta la propiedad privada, se reserva el derecho de nacionalización y, por último, se manifiesta a favor del reparto de beneficios y de la propiedad de los medios de producción por la comunidad de trabajadores. Los nacional-revolucionarios no ocultan en ningún momento sus simpatías hacia el movimiento cooperativista, descubriendo en él una buena forma de practicar acupuntura inmovilizadora en algunos sectores de la economía capitalista. Incluso, algunos neo-fascistas han ido más lejos, como en Italia, en donde las fracciones nacional-revolucionarias del M.S.I. están organizando —en otoño de 1977—comunidades cooperativas agrarias a fin de poner en práctica sus esquemas comunitarios. 

Normalmente todas las sectas nacional-revolucionarias coinciden en dividir la economía en tres sectores: un primer sector que llaman de «importancia estratégica» y en el que engloban a las industrias pesadas y aquellas que por su importancia puedan ser de utilidad preeminente para la nación. Proponen nacionalizar este primer sector, así como los servicios públicos, transportes, etc. También se propone poner coto a los beneficios de la gran banca y de la alta finanza, prohibiendo los trusts y los monopolios privados, nacionalizando el servicio de crédito, etc. Un segundo sector engloba a las pequeñas empresas, industrias familiares o artesanales con pequeño número de trabajadores; éstas, naturalmente, continúan como empresas privadas ya que ni su volumen, ni su importancia estratégica aconsejan poner coto a sus actividades y, por otra parte, suponen un tributo a la propiedad privada. Por fin un tercer sector, constituido por empresas de tamaño medio, empresas de servicios, tienen dentro del esquema nacional-revolucionario, una importancia especial ya que deberán de ser gestionadas mediante un sistema cogestionario en el que participen representantes del capital privado y de los trabajadores, tendiéndose siempre a reducir el primero a la mínima expresión y a aumentar el papel de los accionistas obreros. 

En cuanto a las opciones presentadas frente al sindicalismo de las grandes formaciones obreras dependientes más o menos directamente de los partidos democráticos, los nacional-revolucionarios proponen como alternativa los sindicatos de empresa y los sindicatos por ramas de producción que posean un patrimonio propio. En esto se deberían asemejar a los gremios medievales, poco conocidos en la actualidad, que poseían medios de producción propios. Los sindicatos de empresa tienden a configurar un ambiente comunitario en el seno mismo de las fábricas. 

Extraído por CET de: "La ofensiva neo-fascista", de Ernesto Cadena.

domingo, 10 de mayo de 2015

La empresa para quien la trabaja, de Javier Iglesias.

Introducción

Las realizaciones y conquistas sociales del Peronismo en su primera etapa de gobierno (1946-1955), son tantas y tan importantes que, entre los propios seguidores de dicho Movimiento, es común interpretarlas como el fruto de una Revolución totalmente realizada; una especie de "Edad de Oro" de los trabajadores y del Pueblo argentino que, con algunas variaciones de detalle, puede y debe recuperarse mediante la organización y la lucha.

Paradójicamente esa versión del Peronismo como una Revolución"concluida" que hay que repetir y recuperar, no coincide en lo más mínimo con lo que pensaban aquellos que la llevaron a cabo en el pasado, ni mucho menos y en especial, con los planteamientos del mismo General Juan Domingo Perón.

Para todos ellos, la riquísima experiencia política, económica y social del periodo 1943-1955 es apenas el inicio de una transformación revolucionaria mucho más profunda y, por lo que se refiere a lo económico, el verdadero comienzo de un proceso de gradual socialización de los medios de producción.

Que ese objetivo socializante es afirmado explícitamente y desde un principio por importantes sectores del Movimiento Peronista, puede probarse con la simple lectura de los estatutos de la CGT aprobados en su Congreso Extraordinario de abril de 1950.

En su Preámbulo, después de afirmar que "la Doctrina Peronista, magistralmente expuesta por su creador, el General Juan Perón, define y sintetiza las aspiraciones fundamentales de los trabajadores argentinos y les señala la verdadera doctrina, con raíz y sentido nacional, cuya amplia y leal aplicación ha de forjar una Patria Justa, Libre y Soberana", fundamentan esa definición ideológica en el hecho de que:

"El proceso de realización tiende hacia la gradual socialización de los medios de producción y en cambio impone al proletariado el deber de participar y gravitar desde el terreno sindical para afianzar las conquistas de la Revolución Peronista, para consolidarlas en el presente y ensancharlas en el futuro". [1]

La inequívoca definición del Movimiento Obrero Argentino -calificado habitualmente por el General Perón como la "columna vertebral" del Peronismo- no es, por otra parte, una simple declaración sectorial. En ocasión tan importante como el 1º de mayo de 1952, en su alocución a los legisladores argentinos con motivo de la inauguración del 86º periodo ordinario de sesiones del Congreso Nacional, el propio Líder justicialista también afirma tajantemente:

"Así como la clase de los hombres que trabajan va substituyendo a los representantes del individualismo capitalista en el panorama político, también la clase de los hombres que trabajan va substituyendo progresivamente a las empresas individualistas, con las nuevas organizaciones de tipo cooperativo. Ello significa que los trabajadores, por la natural evolución económica de nuestro sistema, van adquiriendo progresivamente la propiedad directa de los bienes capitales de la producción, del comercio y de la industria. Este camino, por el que avanzan ya los trabajadores argentinos, tiene un largo pero fecundo recorrido y posibilitará el acceso del pueblo a la conducción de su propia economía. El viejo ideal del pueblo, en la plena posesión de sus derechos políticos, sociales y económicos, se realizará entonces, y en aquel momento la justicia social alcanzará la cumbre de sus objetivos totales y la doctrina peronista será la más bella y absoluta de las realidades". [2]

Que el Peronismo fundacional aspiraba a la total socialización de "los bienes capitales de la producción, del comercio y de la industria" resulta, pues, irrefutable, más allá del ritmo de esa socialización; ritmo que, como es natural, depende más de la cambiante relación de fuerzas nacional e internacional que de cuestiones ideológicas o esquemas teoricistas de salón.

Cuando, a partir de los propios textos peronistas, afirmamos que el Peronismo apunta hacia la socialización de los medios de producción, ¿estamos coincidiendo con la acusación del "nacionalismo" fascistizante y antiperonista según la cual el Justicialismo sería "un movimiento que sale del capitalismo y camina hacia el comunismo"? [3]

Obviamente no.

Los creadores de la Doctrina Peronista siempre recalcaron su carácter de"Tercera Posición"; sus postulados anticapitalistas pero, a la vez, diferentes de los del colectivismo totalitario y burocrático marxista.

En el discurso del 2 de mayo de 1950 es también Perón el que recalca magistralmente ese "tercerismo" económico peronista:

"Para el capitalismo la renta nacional es producto del capital y pertenece ineludiblemente a los capitalistas. El colectivismo cree que la renta nacional es producto del trabajo común y pertenece al Estado, porque el Estado es propietario total y absoluto del capital y del trabajo. La doctrina peronista sostiene que la renta del país es producto del trabajo y pertenece por lo tanto a los trabajadores que la producen." [4]

El Peronismo no confunde, por lo tanto, socialización con estatización.

Es anticapitalista pero pretende, a diferencia del marxismo, no la entrega de los medios de producción a un gigantesco Estado-Patrón dictatorial sino directamente a los propios trabajadores.

Se trata de una concepción con mucha semejanza con lo que posteriormente será conocido como "socialismo autogestionario" [5] aunque también puede considerarse emparentada a las posiciones del anarcosindicalismo y del"sindicalismo revolucionario" europeo anterior a la Segunda Guerra Mundial; algo que han destacado recientes estudios ideológicos imparciales como los de Cristián Buchruker:

"Más que del socialismo clásico, el peronismo en gestación adoptó ideas fundamentales del anarcosindicalismo hispano-francés, el cual ya tenía una tradición no despreciable en el gremialismo argentino. Se trata aquí de dos exigencias: a) el directo protagonismo político del sindicato (no por mediación del partido) sobre todo a través de la huelga general como instrumento de acción; y b) el objetivo lejano de una administración de los medios de producción por los sindicatos mismos." [6].

jueves, 26 de marzo de 2015

Nicola Bombacci: De Lenin a Mussolini, de Erik Norling

         
El 29 de abril de 1945 eran pasados por las armas los principales jerarcas fascistas a manos de los partisanos comunistas. Curiosamente entre éstos fascistas encontramos a Nicola Bombacci, el que fuera una de las máximas figuras del comunismo italiano, ni más ni menos que el fundador del Partido Comunista italiano (PCI), amigo personal de Lenin con el que estuvo en la URSS durante los años de la Revolución (en mayúscula). Apodado el “Papa Rojo” y finalmente incondicional seguidor de Mussolini, al que se unió en los últimos meses de su régimen. Su vida, ¿es la historia de una conversión o de una traición? O fue, acaso, ¿una evolución natural de un nacional bolchevique?

Un joven revolucionario

Nicola Bombacci nace en el seno de una familia católica (su padre era agricultor, antaño soldado del Estado Pontificio) de la Romagna, en la provincia de Forli, un 24 de octubre de 1879, a escasos kilómetros de Predappio, donde también nacerá cuatro años después el que sería fundador del fascismo. Es una región donde la lucha obrera se había distinguido por su dureza y un campesinado habituado a la rebelión, tierra de pasiones extremas. Por imposición paterna ingresa en el seminario pero lo abandonará al morir su progenitor. En 1903 ingresa en el anticlerical Partido Socialista (PSI) y decide estudiar para maestro para poder servir a las clases menos favorecidas en su lucha (nuevamente las similitudes con el Duce son evidentes, llegando a estudiar en la misma Escuela superior) para pronto dedicarse en cuerpo y alma a la revolución socialista. Su capacidad de trabajo y dotes de organizador le valen serle encomendada la dirección de órganos de prensa socialista, donde irá aumentando su poder en el seno del movimiento obrero, llegará a ser Secretario del Comité Central del partido y diputado, y donde conocerá a un muchacho unos años más joven: Benito Mussolini, que no olvidemos fue la promesa del socialismo italiano antes de tornarse nacional-revolucionario.

Opuesto a la línea blanda de la socialdemocracia, Bombacci fundará junto a Gramsci el Partido Comunista de Italia tras la fractura interna del PSI y viajará a principios de los años 20 a la URSS para participar en la revolución bolchevique a donde había ido ya antes como representante del partido socialista siendo captado para la causa de los soviets. Allí traba amistad con el propio Lenin que le diría en una recepción en el Kremlin aquellas famosas palabras acerca de Mussolini: “En Italia,compañeros, en Italia sólo había un socialista capaz de guiar al pueblo hacia larevolución Benito Mussolini”, y poco después el Duce encabezaría una revolución, pero la fascista.

Como líder (Antonio Gramsci era el teórico, Bombacci el organizador) del recién creado PCI, se convertirá en el auténtico “enemigo público nº 1 de la burguesía italiana que le apoda “El Papa Rojo”. Revalidará brillantemente su acta de diputado, esta vez en las listas de la nueva formación, mientras que las escuadras fascistas comenzaban a tomar las calles enfrentándose a las milicias comunistas en sangrientos combates. Bombacci se empeñará en detener la marcha hacia el poder del fascismo pero fracasará, desde las páginas de sus periódicos lanza invectivas contra el fascismo arengando a la defensa de la revolución comunista. Es una época en que los escuadristas con camisa negra cantan canciones irreverentes como “No tengo miedo de Bombacci/ ...con la barba de Bombacci haremos spazzolini (cepillos)/ para abrillantar la calva de Benito Mussolini”. Etapa en la que el comunismo se ve inmerso en numerosas tensiones internas y el propio Bombacci entra en polémica con sus compañeros de partido; uno de los puntos de fricción es precisamente la decisión entre nacionalismo e internacionalismo. Ya había mostrado antes tendencias nacionalistas, que hacían presagiar su futura línea, cuando aún estaba en el partido socialista y como consecuencia de un documento protestando contra la acción de Fiume de D’Annunzio que quería presentar el partido, Bombacci se rebeló y escribió sobre éste que era “Perfecta y profundamente revolucionario; porque D’Annunzio es revolucionario. Lo ha dicho Lenin en el Congreso de Moscú”.

El primer fascismo

En 1922 los fascistas marchan sobre la capital del Tíber; nadie puede impedir que Mussolini asuma el poder, aunque éste no será absoluto durante los primeros años del régimen. Como diputado y miembro del Comité Central del partido así como encargado de las relaciones exteriores del mismo, Bombacci viaja al extranjero con frecuencia. Está en el IV Congreso de la Internacional Comunista representando a Italia, en el Comité de acción antifascista, se entrevista con dirigentes bolcheviques rusos. Lleva ya media vida dedicada a la causa del proletariado y no está dispuesto a cejar en su empeño de llevar a la práctica su sueño socialista. Se convierte en un ferviente defensor del acercamiento de Italia a la URSS en la cámara y en la prensa comunista, seguramente hablando en nombre y por instigación de los dirigentes moscovitas, pero utilizando un discurso nacional-revolucionario que molesta en el seno del partido, que por otro lado está en plena desbandada tras la victoria fascista. Las relaciones con el revolucionario estado soviético sería una ventaja para Italia como nación, que también ve un proceso revolucionario aunque sea fascista. Inmediatamente le acusan de herético y piden que rectifique. No pueden admitir que un comunista exija, como hace Bombacci, “superar la Nación (sin) destruirla, la queremos más grande, porque queremos un gobierno de trabajadores y agricultores”, socialista y sin negar la Patria “derecho incontestable y sacro de todo hombre y de todo grupo de hombres”. Es la llamada “Tercera Vía” donde el nacionalismo revolucionario del fascismo pudiera encontrarse con el socialismo revolucionario comunista.

Bombacci es progresivamente marginado en el seno del PCI y condenado al ostracismo político, aunque no dejaría de tener contactos con algunos dirigentes rusos y la embajada rusa para la que trabajaba, además un hijo vivía en la URSS. Creía sinceramente en la revolución bolchevique y que, a diferencia de los camaradas italianos, los rusos tenían un sentido nacional de la revolución por lo que jamás renegará de su amistad hacia la URSS ni siquiera cuando se adhiera definitivamente al fascismo.

Con la expulsión definitiva del partido en 1927 Bombacci entra en una etapa que podemos calificar como los años del silencio que llegan hasta 1936 cuando lanzará su editorial y revista homónima bautizada La Verità (La Verdad) y que culminará en 1943 en una progresiva conversión hacia el fascismo. Sin embargo es demasiado fácil considerar que Bombacci simplemente se pasó con armas y bagajes al fascismo como pretenden los que le acusan de ser un “traidor”. Asistiremos a un proceso lento de acercamiento, no al fascismo sino a Mussolini y a la ala izquierdista del movimiento fascista, donde Bombacci se siente arropado y en familia, cercano a sus planteamientos revolucionarios, su corporativismo y sus leyes sociales de este fascismo del que “todo postulado es un programa del socialismo” dirá en 1928 reconociendo su identificación.

Comprobamos así como Bombacci, no es un fascista pero defiende los logros del régimen y la figura de Mussolini. No se acercó al partido fascista –jamás se adhirió al Partido Nacional Fascista- aún su amistad reconocida con Mussolini, no aceptó cargos que le pudieran ofrecer ni renegó de sus orígenes comunistas. Su independencia valía más. Sin embargo se convenció que el Estado Corporativo propuesto por el fascismo era la realización más perfecta, el socialismo llevado a la práctica, un estadio superior al comunismo. Jamás camuflaría sus ideales, en 1936 escribía en la revista La Veritá, confesando su adhesión al fascismo pero también al comunismo:

“El fascismo ha hecho una grandiosa revolución social, Mussolini y Lenin. Soviet y Estado fascista corporativo, Roma y Moscú. Mucho tuvimos que rectificar, nada de qué hacernos perdonar, pues hoy como ayer nos mueve el mismo ideal: el triunfo del trabajo”.

Mientras esto sucedía Bombacci tiene un largo intercambio epistolar con el Duce intentando influir en el antaño socialista en su política social. El máxime historiador del fascismo, Renzo de Felice, ha escrito al respecto que Bombacci tiene el mérito de haber sugerido a Mussolini más de una de las medidas adoptadas en esos años 30. En una de estas misivas, fechada en julio de 1934, propone un programa de economía autárquica (que aplicará Mussolini) que, dice Bombacci al Duce, es muestra de su “voluntad de trabajar más en aquello que ahora concierne, en el interés y por el triunfo del Estado Corporativo...”, como hace también desde las páginas de su revista donde una y otra vez batalla por una autarquía que haga de Italia un país independiente y capaz de enfrentarse a las potencias plutocráticas (entiéndase EE.UU. pero también Francia e Inglaterra). Por ello apoya decididamente la intervención en Etiopía en 1935, pero no como campaña colonial sino como preludio del enfrentamiento entre los países “proletarios” (entre los que estaría la Italia fascista) y los “Capitalistas” que irremediablemente deberá llegar, esa“revolución mundial (que) restablecerá el equilibrio mundial”. La acción italiana sería una“típica e inconfundible conquista proletaria” destinada a derrotar a las potencias“capitalistas” y cuya experiencia “deberá ser asumida... como un dato fundamental para la redención de las gentes de color, aún bajo la opresión del capitalismo más terrible”.

Contra Stalin

Entre los años 1936 y 1943, difíciles para el fascismo pues se inician los conflictos armados preludio de la derrota, Bombacci acrecienta su adhesión ideológica a Mussolini. Ya es un hombre que tiene casi sesenta años, ha visto cómo muchos de sus sueños socialistas no se han realizado, pero es un eterno idealista y no está dispuesto a abandonar la lucha por el socialismo, por “esa obra de redención económica y de elevación espiritual del proletariado italiano que los socialistas de primera hora habíamos iniciado”. Su editorial es una ruina económica, sus biógrafos han dejado constancia de las dificultades y penurias que sufre. Le habría bastado un paso oportunista e integrarse en el fascismo oficial y habría dispuesto de todas las ayudas del aparato del Estado pero no quiere perder su independencia aunque en ocasiones deba aceptar subvenciones del Ministerio de Cultura Popular.

Coincide esta etapa con una profunda reflexión de sus errores del pasado y una serie de ataques al comunismo ruso se habría vendido a las potencias capitalistas traicionando los postulados de Lenin. Así, escribe Bombacci en noviembre de 1937, las relaciones entre la URSS y los países democráticos sólo tenía una expoliación que delataría todo lo demás, “la razón es una sola, frívola, vulgar, pero real: el interés, el dinero, el negocio”por lo que podía este antaño comunista declarar abiertamente que “nosotros proclamamos con la conciencia limpia que la Rusia bolchevique de Stalin ha devenido una colonia del capitalismo masónico-hebraico-internacional...” La alusión antisemita no es nueva en Bombacci, ni en los teóricos socialistas de principios de siglo, pues no debemos olvidar que el antisemitismo moderno tuvo sus más fervientes defensores precisamente entre los doctrinarios revolucionarios de finales del siglo XIX cuando el judío encarnaba la figura del odiado capitalista. En Bombacci no encontramos un antisemitismo racialista sino social, acorde con los planteamientos mediterráneos del problema judío a diferencia del anti-judaísmo alemán o galo.

Cuando llega la segunda guerra mundial, y especialmente al estallar en el frente del Este, Bombacci participa de lleno en las campañas anticomunistas del régimen. Como dirigente comunista que ha viajado a la URSS su voz se hace oír. Ahora bien, no reniega de sus ideales, sino que profundiza en su tesis que Stalin y sus acólitos han traicionado la revolución. Escribe numerosos artículos contra Stalin, sobre las condiciones reales de vida en el llamado paraíso comunista, las medidas adoptadas por éste para destruir todos los logros del socialismo leninista. En 1943, poco antes de la caída del fascismo, concluía Bombacci resumiendo su posición en un folleto de propaganda:

“¿Cuáles de las dos revoluciones, la fascista o la bolchevique, hará época en el siglo XX y quedará en la historia como creadora de un orden nuevo de valores sociales y mundiales? ¿Cuáles de las dos revoluciones ha resuelto el problema agrario interpretando verdaderamente los deseos y aspiraciones de los campesinos y los intereses económicos y sociales de la colectividad nacional? ... ¡Roma ha vencido! ... Moscú materialista semi-bárbara, con un capitalismo totalitario de Estado-Patrono, quiere unirse a marchas forzadas (planes quinquenales), llevando a la miseria más negra a sus ciudadanos, a la industrialización existente en los países que durante el siglo XIX siguieron un proceso de régimen capitalista burgués. Moscú completa la fase capitalista. ... Roma es bien otra cosa. ... Moscú, con la reforma de Stalin, se retrata institucionalmente al nivel de cualquier Estado burgués parlamentario. Económicamente hay una diferencia sustancial, porque, mientras en los Estados burgueses el gobierno está formado por delegados de la clase capitalista, el gobierno está en manos de la burocracia bolchevique, una nueva clase que en realidad es peor que esa clase capitalista porque sin control alguno dispone del trabajo, de la producción y de la vida de los ciudadanos...”

La República Social Italiana

Cuando Mussolini es depuesto en julio de 1943 y rescatado por los alemanes unos meses después, el Partido Nacional Fascista se ha derrumbado. La estructura orgánica ha desaparecido, los mandos del partido, provenientes de las capas privilegiadas de la sociedad se han pasado en masa al gobierno de Badoglio e Italia se encuentra dividida en dos (al sur de Roma los aliados avanzan hacia el norte). Mussolini reagrupa a sus más fieles, todos ellos viejos camaradas de primera hora o jóvenes entusiastas, casi ninguno dirigente de alto rango, que aún creen en la revolución fascista y proclama la República Social Italiana. Inmediatamente el fascismo parece volver a sus orígenes revolucionarios y Nicola Bombacci se adhiere a la proclamada república y presta a Mussolini todo su apoyo. Su sueño es poder llevar a cabo la construcción de esa “República de los trabajadores” por la que tanto él como Mussolini combatiesen a principios de siglo juntos. Como Bombacci se le unen otros conocidos intelectuales de izquierda al nuevo gobierno como Carlo Silvestri (diputado socialista, después de la guerra defensor de la memoria del Duce), Edmondo Cione (filósofo socialista que será autorizado a crear un partido socialista aparte del Partido Fascista Republicano), etc.

El primer contacto con Mussolini lo tiene el 11 de octubre, hace apenas un mes de la proclamación de la RSI, y es epistolar. Bombacci le escribe a Mussolini desde Roma, una ciudad donde el fascismo se ha derrumbado estrepitosamente, los romanos han destruido todos los símbolos del anterior régimen en las calles, pero donde quedan muchos fascistas de corazón, y es ahora el momento que elige para declarar a Mussolini que está con él. No cuando todo eran parabienes y alegrías sino en los momentos difíciles como tan sólo hacen los verdaderos camaradas:

“Estoy hoy más que ayer totalmente con usted” –le confiesa Bombacci- “la vil traición del rey-Badoglio ha traído por todos lados la ruina y el deshonor de Italia pero le ha liberado de todos los compromisos pluto-monárquicos del 22. Hoy el camino está libre y a mi juicio se puede sólo recorrer al resguardo socialista. Ante todo: la victoria de las armas. Pero para asegurar la victoria debe tener la adhesión de la masa obrera. ¿Cómo? Con hechos decisivos y radicales en el sector económico-productivo y sindical... Siempre a sus órdenes con el gran afecto de treinta años ya”.

Mussolini, acosado por la situación militar pero más resuelto que nunca en llevar a cabo su revolución ahora que se ha desprendido de los lastres del pasado, autoriza que los sectores más radicales del partido asuman el poder y se inicia una etapa denominada de “Socialización” (nombre propuesto por Bombacci y aceptado por el Duce) que se traducirá en la promulgación de leyes claramente de inspiración socialista, en cuanto a la creación de sindicatos, cogestión de las empresas, distribución de beneficios, nacionalización de los sectores industriales de importancia. Todo ello resumido en los 18 puntos del primer (y único) congreso del Partido Fascista Republicano en Verona, un documento redactado por Mussolini y Bombacci conjuntamente, que debía convertirse en las bases del Estado Social Republicano. En política exterior intentará convencer a Mussolini que había que firmar la paz con la URSS y proseguir la guerra contra la plutocracia anglosajona, resucitar el eje Roma-Berlín-Moscú de los pensadores geopolíticos del nacional-bolchevismo de los años veinte, una propuesta que parece haber tenido éxito en Mussolini que escribirá varios artículos para la prensa republicana al respecto aún sabiendo que esta propuesta tenía una tenaz oposición por parte de un amplio sector del partido, en particular de Roberto Farinacci. Bombacci viaja al norte y se reinstala cerca de su amigo Walter Mocchi, otro veterano dirigente comunista convertido al fascismo mussoliniano que trabaja para el Ministerio de Cultura Popular.

Si para muchos el último Mussolini era un hombre acabado, títere de los alemanes, no deja de sorprender la adhesión que recibiera de hombres como Bombacci, un verdadero idealista, de altura imponente, con la barba crecida y una oratoria atrayente, alérgico a todo lo que pudiera significar encasillarse o aburguesarse, que tampoco ahora aceptará ni sueldo ni prebendas (sólo a principios de 1945 aparecerá su nombre en una lista de propuestas de nóminas del ministerio de Economía o como Jefe de la Confederación Única del Trabajo y de la Técnica). Bombacci se convertirá en asesor personal y confidente de Mussolini, para atraer de nuevo a las bases del partido de los trabajadores. Propone la creación de comités sindicales, abiertos a no militantes fascistas, elecciones sindicales libres, viajará a lo largo de las fábricas del industrializado norte (Milán-Turín) explicando la revolución social del nuevo régimen y el porqué de su adhesión. Parece que nuevamente el viejo combatiente revolucionario rejuvenece, tras un mitin en Verona y varias visitas a empresas socializadas escribe al Duce el 22 de diciembre de 1944: “He hablado una hora y 30 minutos en un teatro entregado y entusiasta... la platea, compuesta en la mayor parte por obreros ha vibrado gritando: Sí, queremos combatir por Italia, por la república, por la socialización... por la mañana he visitado la Mondadori, ya socializada, he hablado con los obreros que forman parte del Consejo de Gestión que he encontrado lleno de entusiasmo y comprensión de esta nuestra misión”. Mientras la situación militar se deterioraba por momentos y los grupos terroristas comunistas (los trágicamente famosos GAP) ya habían decidido eliminarle por el peligro que conllevaba su actividad para sus objetivos.

Pero la guerra está llegando a su fin. Benito Mussolini, aconsejado por el diputado ex-socialista Carlo Silvestri y Bombacci, propone entregar el poder a los socialistas, integrados en el Comité Nacional de Liberación, antes que a los dirigentes derechistas del sur. Sin embargo fracasan. En abril de 1945 las autoridades militares alemanas se rinden a los aliados, sin informar a los italianos, es el fin. Abandonados y solos.

Crepúsculo de un nacional-revolucionario

Durante los últimos meses de la RSI Bombacci continuó, incluso entonces, la campaña para recuperar a las masas populares y evitar que se decantasen por el bolchevismo. A finales de 1944 se publicaba un opúsculo titulado Esto es el Bolchevismo, reproducido en el periódico católico Crociata Italica en marzo de 1945, Bombacci insiste en las críticas hacia las desviaciones estalinistas del comunismo real que ha destruido el verdadero sindicalismo revolucionario en Europa con las injerencias rusas. Estas últimas semanas de vida de la experiencia republicana Bombacci está al lado de los que aún creen posible una solución de compromiso con el enemigo y así evitar la ruina del país. Leal hasta el final se quedará con Mussolini aún cuando todo ya definitivamente esté perdido, proféticamente habla de ello a sus obreros en una de sus últimas apariciones públicas, el 14 de marzo de 1945:

“Hermanos de fe y de lucha... yo no he renegado a mis ideales por los cuales he luchado y por los que, si Dios me concede de vivir aún más, lucharé siempre. Pero ahora me encuentro en las filas de los colores que militan en la República Social Italiana, y he venido otra vez porque ahora que sí va en serio y es verdaderamente decisivo reivindicar los derechos de los obreros...”

Nicola Bombacci, siempre fiel, siempre sereno, acompañará a Mussolini en su último y dramático viaje hasta la muerte. El 25 de abril está en Milán. El relato de Vittorio Mussolini, hijo del Duce, de su último encuentro con su padre, a quien le acompañaba Bombacci, nos muestra la entereza de éste:

“Pensé en el destino de este hombre, un verdadero apóstol del proletariado, un tiempo enemigo acérrimo del fascismo y ahora al lado de mi padre, sin ningún cargo ni prebenda, fiel a dos jefes diversos hasta la muerte. Su calma me sirvió de consuelo.”

Poco después, tras haberse Mussolini separado de la columna de sus últimos fieles para ahorrarles tener que compartir su destino, Bombacci es detenido por un grupo de partisanos comunistas junto a un grupo de jerarcas fascistas. La mañana del 28 de abril era colocado contra el paredón en Dongo, al norte del país, a su lado Barracu, un valeroso excombatiente, mutilado de guerra; Pavolini, el poeta-secretario del partido; Valerio Zerbino, un intelectual; Coppola, otro pensador. Todos gritan ante el pelotón que los asesina “¡Viva Italia!” mientras y no deja de ser una paradoja, fiel reflejo de la controvertida personalidad de Nicola Bombacci, que éste, mientras caía su cuerpo acribillado por las balas de los comunistas, gritase: “¡Viva el Socialismo!”

domingo, 1 de marzo de 2015

Cogestión pública de la mediana y gran empresa en el estado nacionalista

1. ¿Qué es?
    
La autogestión obrera es un modo de organización empresarial en el que la dirección y la gestión de cada empresa recae sobre sus trabajadores. La cogestión es una fórmula en la que los trabajadores se hacen cargo parcialmente de  tal dirección y gestión, conservando el capital la otra parte de tales funciones. Lo que aquí se propone es una cogestión pública para la mediana y gran empresa, pues el control de cada empresa recaería en sus trabajadores, pero también en representantes del estado nacionalista elegidos para ese fin (no en el capital, pues es evidente que en un estado auténticamente nacionalista no tiene cabida la propiedad privada de la mediana y gran empresa).
    
2. ¿Por qué la cogestión pública?
    
Hay tres razones.

Por un lado, es una cuestión de principio. Sin socialismo no hay nacionalismo, o mejor, todo estado nacionalista debe incluir en su formación el principio socialista. En caso contrario, no habrá Volksgemeinschaft, sino lucha de cada cual en pos de intereses muy particulares. La mera titularidad pública de la mediana y gran empresa no garantiza principio socialista alguno, sino estatismo. Hay que introducir el principio socialista en los fundamentos productivos de la nación. La cogestión pública obrera sirve a ello.
    
Por otro, es una política que ayuda a conservar el poder nacionalista del gobierno y del propio estado. Hay varias razones económicas por las que la producción y/o distribución de determinados bienes y servicios no puede realizarse sino por empresas de tamaño mediano o grande. Además, dado el actual nivel de conciencia del pueblo, el desarrollo del estado nacionalista no ha de oponerse a la presencia de la iniciativa privada en aquellas actividades productivas que pueden ser realizadas a pequeña escala. Un ejemplo perfecto de ello es la pequeña propiedad campesina, sostenida a base del trabajo del propietario y de su familia. Otros serían el pequeño comercio, o pequeños talleres artesanos. Cuando la actividad económica, por razones de escala, requiere de empresas de mediano o gran tamaño, permitir que siga operando la iniciativa privada se contrapone al correcto desarrollo del estado nacionalista. Estas empresas privadas dejadas a su libre desenvolvimiento se convierten en entidades de gran poder, que se desborda y, conservando su naturaleza económica, devienen también poderes sociales y políticos. Ante esta situación el estado nacionalista se halla amenazado por  unos intereses privados que desvirtúan su esencia nacionalista.
    
¿Qué es una mediana empresa? En nuestro ámbito, convencionalmente se caracteriza a una empresa como mediana en función de tres variables: número de empleados, facturación anual y activos totales que reúnen. El criterio tradicionalmente más sólido resulta ser el número de empleados y aquí una mediana empresa es aquella que tiene entre 50 y 250 empleados. Pero este es un criterio imperfecto; la hegemonía liberal ha traído la lacra de la externalización, lo cual significa que una empresa puede tener nominalmente un número de trabajadores bastante inferior al de aquellos que trabajan efectivamente en ella y/o para ella en exclusiva. Un estado nacionalista debe considerar como mediana empresa aquella con más de 10 empleados. Hay a quién una empresa semejante puede no parecer muy grande, pero empresas de ese tamaño en el contexto de una pequeña localidad pueden fácilmente ser “entidades de gran poder, que se desborda y, conservando su naturaleza económica, devienen también poderes sociales y políticos”. El estado nacionalista debe nacionalizar cualquier empresa de más de 10 empleados. Ese es el límite que tal estado debe permitir a la iniciativa privada. Evidentemente, para evitar el fraude en esto, ningún individuo puede ser propietario de más de una empresa y ésta ha de tener un número no superior a los 10 empleados. Y tampoco puede ser un individuo propietario de una empresa a cuenta de otro.
    
Por tanto, la cogestión pública de la mediana y gran empresa es positivaper se, pero también por el efecto de conservación del poder político que tiene, a diferencia del estado actual de cosas, en el que el poder político no es un auténtico poder y es subsidiario de determinados intereses económicos (aparecen así en Europa los gobiernos de ocupación, que sustituyen a los antiguos gobiernos de base nacional).
     
El tercer motivo es que la cogestión pública puede ayudar a plantear y llevar a cabo de una forma ordenada y justa el necesario cambio de modelo económico. El capitalismo es un sistema económico muy despilfarrador de recursos, como materias primas escasas y energía. Muchas mercancías se producen sin existir una necesidad real de ellas, siendo esta necesidad artificialmente creada mediante la propaganda económica o publicidad. Un estado nacionalista debe orientar la producción de una manera racional y siempre en función de las necesidades reales de la nación, campo que incluye la industria armamentística, la investigación sobre energía y la conquista espacial.
    
3. Ejemplos históricos

Autogestión yugoslava1
    
En la empresa yugoslava se distinguen dos poderes, uno de gestión, que fija la política de la empresa, y que reside en los consejos obreros y, sobre todo, en las asambleas de personal, y otro de dirección, que ejecuta la política fijada por el primero, y que reside en el personal directivo.
    
La asamblea de personal adopta las principales decisiones de política general. El consejo obrero, integrado por los trabajadores elegidos por el personal del centro en votación secreta, supervisa y hace gestión ordinaria y elige al personal directivo.
    
A partir de 1974 se instituyeron las llamadas “organizaciones básicas de trabajo asociado”, compuestas por unidades de producción y gestión definidas y de menor tamaño que la empresa, como un taller o un departamento. Son los sujetos básicos de la autogestión.
    
Hay bastante polémica acerca del éxito o del fracaso de este sistema, si se compara con otros de inspiración comunista. Sí ha servido para combatir la organización tiránica típica tanto de la empresa privada capitalista como de la empresa estatal comunista, así como para mejorar la educación de los trabajadores. Los conflictos no han desaparecido, como era fácil prever y existe ambigüedad con respecto a la eficacia organizativa de este modelo, a pesar del evidente desarrollo económico experimentado.
    
Codeterminación en la República Federal de Alemania2
    

Las primeras industrias en acceder a la codeterminación, a través de dos leyes, una de 1951 y otra de 1956, fueron las minera y metalúrgica, algo conocido como el modelo de la “Montan-Mitbestimmung”. Es el modelo de codeterminación que llegó más lejos en Alemania Occidental y, por lo tanto, el que más nos interesa aquí (la Ley de Codeterminación de 1976, para empresas de más de 2.000 empleados excepto las mineras y metalúrgicas, tiene mucho menor alcance). Se materializa en la participación de los trabajadores en dos instituciones. Por un lado, en el consejo de administración, que es un órgano de control, y en el que representantes obreros (miembros del consejo de empresa así como sindicalistas) y representantes de los accionistas tienen el mismo número de miembros, rompiendo el empate un miembro en principio no vinculado a ninguna de las dos partes y considerado neutral. Por otro, en la dirección de la empresa, elegida por el consejo de administración, y en la que se crea la figura del director de trabajo, ocupado de la gestión del personal y de los asuntos sociales, y que necesita obligatoriamente de la confianza de los trabajadores.
    
Este modelo refuta la afirmación de que la cogestión no puede ser rentable. 
    
República Social Italiana
    
En el Manifiesto de Verona, aprobado por el congreso del Partido Fascista Republicano en el congreso celebrado en dicha ciudad el 14 de noviembre de 1943, se acuerda poner en marcha la cogestión obrera de las empresas, además de otras medidas tendentes a transformar el estado en socialista. El punto 12 es el destinado a la cogestión y dice así:
    
«En toda empresa (industrial, privada, paraestatal y estatal) las representaciones de técnicos y operarios cooperarán íntimamente, por medio del conocimiento directo de su gestión, en la tarea de fijar salarios equitativos, así como en la justa distribución de las ganancias entre el fondo de reserva, beneficio al capital accionista y participación de los obreros en dichas ganancias.
    
En algunas empresas, esto podrá implantarse concediendo más amplias prerrogativas a las actuales Comisiones de fábrica. En otros casos, sustituyendo los Consejos de Administración por Consejos de empresa compuestos de técnicos y operarios y de un representante del Estado. Finalmente, también puede efectuarse mediante una cooperativa parasindical».
    
Los puntos 10 y 11, por su parte, sirven de base para la socialización de grandes empresas privadas.
    

Lo importante es que esto se llevó a la práctica. Según Norling: «Esta política nacional-revolucionaria podría haber quedado en mera especulación ideológica o de efectos propagandísticos pero el gobierno fascista republicano inmediatamente se pone en acción. El 13 de enero de 1944, unos meses después del congreso de Verona, se promulga la ley de bases previa a la ley de socialización. “Premisa fundamental para la creación de la nueva estructura de la economía italiana”, que se materializa en el decreto ley de la socialización aprobado por el Consejo de Ministros el 12 de febrero de ese mismo año. En esta ley se recogen principios como la cogestión de las empresas, nacionalización de aquellas que se requieran para el desarrollo de la economía nacional, reparto de beneficios, etc.»3. El decreto ley comienza con la cogestión, al que dedica los 29 primeros artículos. A partir del artículo 30 y hasta el 41 trata de la nacionalización de las empresas privadas. Este artículo 30 dice así: «La propiedad de empresas que comprendan sectores básicos para la independencia política y económica del país, así como aquellas que suministren materias primas, energía y servicios indispensables al normal desarrollo de la vida social, puede ser asumida por el Estado según las normas del presente decreto. Cuando la empresa sea considerada de actividades productivas diversas, el Estado puede asumir tan sólo una parte de la propiedad de dicha empresa. Por lo demás, el estado puede participar en el capital de las empresas privadas». Los artículos 42 hasta el 45, con el que concluye, hablan del reparto de beneficios. 
    
A pesar de la oposición de la burguesía italiana y del ejército alemán, el 22 de enero de 1945 se logra socializar la importante empresa FIAT. A partir del 1 de febrero la socialización se extiende a otras empresas. La derrota fascista ante la alianza de las fuerzas de ocupación anglonorteamericanas y los marxistas italianos pone fin a la socialización fascista y las empresas vuelven a manos de la burguesía.
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(1) J. Castillo, “La experiencia de autogestión yugoslava” en José Félix Tezanos: La democratización del trabajo. Sistema, Madrid, 1987.
(2) Hans-Werner Franz, “La codeterminación en la República Federal de Alemania” en José Félix Tezanos: La democratización del trabajo. Sistema, Madrid, 1987.
(3) Erik Norling. Fascismo revolucionario. Ediciones Nueva República, Barcelona, 2010, pág. 54.

sábado, 21 de febrero de 2015

La economía en la cosmovisión nacionalsocialista

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INTRODUCCIÓN

La presente, es una de las obras editadas por el N.S.D.A.P.[1] en el curso del año 1934, destinadas a explicar, en sus líneas esenciales, la política económica del III Reich durante la primera etapa revolucionaria. Rampa de lanzamiento de la gran Revolución Nacionalsocialista, este proceso habría de culminar con la propiedad comunitaria de los medios de producción, lo cual implicaba, la extirpación definitiva del parasitismo burgués capitalista, y la consecuente desaparición del proletariado como clase económica. De esta manera, el proletario, mero asalariado, subesclavo de la empresa capitalista del régimen burgués, ascendía al rango de productor de la empresa comunitaria del Orden Social Natural[2].

Para aquellos que, por desconocimiento o por mala fe o por ambas cosas a la vez, le niegan al Nacionalsocialismo su esencia y carácter revolucionario, que una revolución no consiste simplemente en un cambio de estructuras ni en un golpe de estado. Se trata, pues, del restablecimiento del Orden Social Natural mediante la restauración del Estado en sus funciones comunitarias.

En conformidad con los principios rectores de la ciencia política, el nacionalsocialismo restauró al Estado en sus funciones específicas al convertirlo en órgano unitario de mando y de síntesis de todas las fuerzas operantes del cuerpo social, y restableció, el Orden Natural, al estructurar orgánicamente a la comunidad, conforme a sus exigencias históricas y funcionales.

En lo económico social, razones de orden táctico, también exigían proceder por etapas. En efecto, Alemania en vías de reconstrucción y ante la amenaza latente de guerra por parte de sus enemigos tradicionales y eventuales, debía mantener no sólo un alto nivel de producción, sino también, la unidad del frente interno, lo cual hubiese sido imposible de lograr, con los conflictos sociales que los cambios radicales producen. Como podemos observar, se trató de evitar los peligros de una revolución brutal en la estructura económica, en tanto las circunstancias políticas no lo permitiesen.

No obstante, el régimen: a) concretó la creación y federación de empresas comunitarias[3] b) eliminó el chantaje[4] capitalista que el patronato ejercía; c) exigió de las corporaciones constituidas por la conjunción de la asociación patronal y del sindicato obrero de una misma rama de la producción el respeto del plan económico comunitario y el mantenimiento de la paz social; d) retuvo en forma de impuestos la plusvalía, hasta entonces acaparada por los capitalistas, y la utiliza con miras al bien común, particularmente en favor de los trabajadores menos favorecidos con relación a los demás estamentos de la población.

Los detentadores del capital pierden su poderío, y ven sus utilidades reducidas al legítimo interés de su dinero; e) los jefes de empresa en lugar de seguir siendo los apoderados de los dueños de los instrumentos de la producción, recuperan su autoridad natural, al mismo tiempo que su papel de productores; f) los trabajadores participan en las decisiones que les incumben y fiscalizan las condiciones de trabajo; g) la plusvalía va a la comunidad y no a los bolsillos del burgués; h) la producción es regulada en función de las necesidades reales del consumo y no del lucro, o sea, de la renta del capital;

A los pocos meses de asumir el poder, la política económica Nacionalsocialista comienza a transformar el panorama sombrío que ofrecía Alemania, sometida por el tratado de Versalles. El número de desocupados se reduce en menos de un año, en un 54% aumenta el índice general de la producción; se eleva notoriamente el nivel de vida; se reducen las importaciones, se desarrolla la industria...

Como podemos observar, la revolución Nacionalsocialista, no fue la “reacción del capitalismo en crisis” sino la causa de la crisis del capitalismo. Esta es la razón por la que los dos tentáculos de éste, el capitalismo liberal individualista, y el capitalismo marxista, dirigidos por la Internacional Aurea, demostrando una vez más sus comunes orígenes, se coaligaron para aniquilar un régimen cuyas estructuras socioeconómicas, no permitían el ejercicio del poder político del dinero. La abolición de la esclavitud del interés, uno de los conceptos medulares de la doctrina Nacionalsocialista, se convierte en el antídoto del veneno judío. La usura, fuente de vida del capitalismo, razón de ser del hebreo, asistía a su propio funeral[5]: las estructuras patológicas de la plutocracia, eran arrasadas. La onda expansiva del Nuevo Orden Revolucionario, surgido de la síntesis entre el Nacionalismo y el Socialismo, se propagaba por los pueblos de Europa, en tanto que las demoplutocracias reaccionarias veían peligrar su reinado.


[1] Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores.
[2] Cuando el orden, armonía dinámica de un conjunto social, surge de la adecuación de las estructuras a las exigencias naturales e históricas de su afirmación, estamos entonces, ante una comunidad orgánicamente estructurada. Esto es: Orden Social Natural.
[3] Es decir, la empresa considerada como una comunidad jerarquizada de Productores diversamente especializados, liberados del yugo burgués que somete a los productores, reduciéndolo a la condición de asalariados. Integrada orgánicamente dentro de la estructura económica comunitaria cumple con su específica función de servir a la comunidad y no a los intereses espurios ni de las sociedades anónimas, ni de usurpador alguno.
[4] El advenimiento al poder del capitalismo liberal individualista en 1789, arrasa con el concepto de la propiedad individual y familiar sustentado en el taller artesanal sustituyéndolo por el nuevo concepto individualista de la propiedad, fundada en el chantaje capitalista, que puede expresarse de esta forma: “yo tengo la máquina por mi capacidad económica; Uds., los trabajadores, aportan su inteligencia, esfuerzo físico, conocimiento, técnica, todo lo inherente al trabajo. Sin ustedes no hay producción posible, por esto, yo les pago un salario para que puedan sobrevivir y no morir de hambre. Sepan además, que el único dueño de la fábrica y de los medios de producción, soy yo, el patrón. Y si no les gusta mi propuesta, vayan a otra fábrica”. Allí serán nuevamente chantajeados.

Este es el fundamento del robo capitalista que hace de la empresa su propiedad individual, cuando debería ser una organización necesariamente comunitaria. Esta desnaturalización patológica, no se produce solo en el régimen capitalista liberal individualista, sino también en el capitalismo estatal marxista, pues ambos, que proceden de una misma fuente, “no son ideologías antinómicas son etapas de un mismo proceso”. En el capitalismo de Estado, los obreros de una empresa, no tienen acceso ni a la propiedad ni a la dirección de la misma, pues todo le pertenece al Estado, único patrón. Por esto, el trabajador, dentro de este régimen, sigue siendo un proletario, un asalariado del estado, y el estado, sigue siendo burgués capitalista.Como podemos observar, no hay nada más antisocialista, que el tan publicitado “socialismo marxista”.
[5] En efecto, la usura, condenada con la pena máxima durante toda la Edad Media, y legalizada por la subversión burguesa de 1789 a través del primer Decreto del Ministerio de Hacienda, volvió a ser objeto de la misma pena después de 1933 en Alemania, con la Revolución Nacionalsocialista.