- Circulo de Estudios Tercerposicionistas: Nacionalsindicalismo
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sábado, 14 de febrero de 2015

CARTAS ABIERTAS ACERCA DEL FASCISMO


El marques de Estella nos ruega la publicación de la siguiente:

"A Juan Ignacio Luca de Tena:

Sabes bien, frente a los rumores circulados estos días, que no aspiro a una plaza en la jefatura del fascio, que asoma. Mi vocación de estudiante es de las que peor se compaginan con las de caudillo. Pero como a estudiante que ha dedicado algunas horas a meditar el fenómeno, me duele que ABC tu admirable diario despache su preocupación por el fascismo con sólo unas frases desabridas, en las que parece entenderlo de manera superficial. Pido un asilo en las columnas del propio ABC para intentar algunas precisiones. Porque, justamente, lo que menos importa en el movimiento que ahora anuncia en Europa su pleamar, es la táctica de fuerza (meramente adjetiva, circunstancial acaso, en algunos países innecesaria), mientras que merece más penetrante estudio el profundo pensamiento que lo informa.

El fascismo no es una táctica -la violencia-. Es una idea -la unidad-. Frente al marxismo, que afirma como dogma la lucha de clases, y frente al liberalismo, que exige como mecánica la lucha de partidos, el fascismo sostiene que hay algo sobre los partidos y sobre las clases, algo de naturaleza permanente, trascendente, la unidad histórica, llamada patria. La patria, que no es meramente el territorio donde se despedazan -aunque solo sea con las armas de la injuria- varios partidos rivales ganosos todos del Poder. Ni el campo indiferente en el que se desarrolla la eterna pugna entre una burguesía que trata de explotar a un proletariado y un proletariado que trata de tiranizar a una burguesía. Sino la unidad entrañable de todos al servicio de una misión histórica, de un supremo destino común, que asigna a cada cual su tarea, sus derechos y sus sacrificios.

En un Estado fascista no triunfa la clase mas fuerte ni el partido mas numeroso -que no por ser mas numeroso ha de tener siempre razón; aunque otra cosa diga un sufragismo estúpido-, triunfa el principio ordenador común a todos, el pensamiento nacional constante, del que el Estado es órgano.

El Estado liberal no cree en nada, ni siquiera en sí propio. Asiste con los brazos cruzados a todo género de experimentos, incluso los encaminados a la destrucción del Estado mismo. Le basta con que todo se desarrolle según ciertos trámites reglamentarios. Por ejemplo: para un criterio liberal puede predicarse la inmoralidad, el antipatriotismo, la rebelión... En eso el Estado no se mete porque ha de admitir que a lo mejor están en lo cierto los predicadores. Ahora, eso sí: lo que el Estado liberal no consiente es que se celebre un mitin sin anunciarle con tantas horas de anticipación, o que se deje de enviar tres ejemplares de un reglamento a sellar en tal oficina. ¿Puede imaginarse nada mas tonto? Un Estado para el que nada es verdad, solo exige en absoluta , indiscutible verdad, esa posición de duda. Hace dogma del antidogma. De ahí que los liberales estén dispuestos a dejarse matar por sostener que ninguna idea vale la pena de que los hombres se maten.

Han pasado las horas de esa actitud estéril. Hay que creer en algo para hacer algo. 

¿Cuándo se ha llegado a nada en actitud liberal? Yo, francamente, sólo conozco ejemplos fecundos de política creyente, en un sentido o en otro. Cuando un Estado se deja ganar por la convicción de que nada es bueno ni malo, y de que sólo le incumbe una misión de policía, ese Estado perece al primer soplo encendido de fe, en unas elecciones municipales.

Para encender una fe, no de derecha (que en el fondo aspira a conservarlo todo, hasta lo injusto); ni de izquierda (que en el fondo aspira a destruirlo todo, hasta lo bueno); sino una fe colectiva, integradora, nacional, ha nacido el fascismo. En su fe reside su fecundidad, contra la que no podrán nada las persecuciones. Bien lo saben quienes medran con la discordia. Por eso no se atreven sino con calumnias. Tratan de presentarlo a los obreros como un movimiento de señoritos, cuando no hay nada mas lejano del señorito ocioso, convidado a una vida en la que no se cumple ninguna función, que el ciudadano del Estado fascista, a quien no se reconoce ningún derecho sino en razón del servicio que presta desde su sitio. Si algo merece de veras llamarse un Estado de trabajadores, es el Estado fascista. Por eso, en el Estado fascista -y ya lo llegarán a saber los obreros, le pese a quien le pese- los Sindicatos de trabajadores se elevan a la directa dignidad de órganos del Estado.

En fin, cierro esta carta, no con un saludo romano, sino con un abrazo español. Vaya con él mi voto por que tu espíritu, tan propicio al noble apasionamiento, y tan opuesto, por naturaleza, al clima soso y frío del liberalismo, que en nada cree, se encienda en la llama de esta nueva fe civil, capaz de depararnos fuerte, laboriosa y unida, una grande España.

José Antonio Primo de Rivera.”

Extraído por CET de: "Hacia la historia de la Falange".

lunes, 28 de abril de 2014

Ramiro Ledesma Ramos: Primera digresión acerca del signo revolucionario de las juventudes


1. LA PRESENCIA DE LAS JUVENTUDES

Hubo en la Grecia clásica un historiador que no hablaba en sus libros sino de hechos contemporáneos. Creía sinceramente, con ingenuidad magnífica, que en tiempos pasados, en épocas anteriores, no había acontecido en el mundo nada que fuese digno de mención histórica. La historia comenzaba, pues, con su tiempo, y las primeras páginas de ella habían de corresponder a los sucesos de más relieve que se ofrecían ante su vista. Por ejemplo, las Guerras del Peloponeso.

Pues bien, este libro, que naturalmente va a consistir en el propósito de interpretar la profunda realidad de España y su inmediato futuro bajo el signo histórico de las juventudes nacionales, tiene que examinar un fenómeno parecido a ese ejemplo clásico, y que va a servirnos para identificar la presencia verdadera de esa nueva fuerza motriz de la historia que son las juventudes.

Hay operante una conciencia juvenil cuando esta tiene de sí misma una idea en cierto modo mesiánica. Es decir, cuando en realidad cree que su presencia vigorosa en la historia coincide con las horas finales de un proceso agónico de descomposición y de crisis. Cuando, en una palabra, como el griego, antes que ella no ve sino algo caótico y sombrío. Advierte entonces la conciencia de las juventudes que su mera presencia, su sola aparición, significa ya una posibilidad de salvación y de grandeza, una aurora para el mundo.

Repetidas veces, quizá la mayor parte de las veces, esa creencia, esa valoración y estimación de su propio destino que tienen las juventudes, es un desplante ilusorio, se resuelve en pura irrealidad, sin misión concreta a que adscribirse. Son las épocas y los momentos en que la presencia de las juventudes como tales es apenas perceptible. Los hombres no se detienen apenas en la juventud, y pasan rápidamente de la adolescencia infantil a la madurez. Pero entrar en la madurez, formar socialmente en ella, equivale a incrustarse en su sistema, en su ordenación. Es decir, equivale a encontrar aceptable las formas vigentes y colaborar en su destino histórico, en la tarea de procurarle una permanencia más amplia.

2. ÉPOCAS CONSERVADORAS Y ÉPOCAS REVOLUCIONARIAS

Se trata entonces de épocas conservadoras y tranquilas. Las juventudes apenas si existen, pues fácil y rápidamente son reabsorbidas sin dificultad por las tareas normales con que el mundo anda preocupado cuando ellas aparecen. Son los momentos culminantes de los imperios, ya teniendo sin embargo a la vista las decadencias lentas que los suceden. Así en la Roma de Augusto. Así en la España de mediados de siglo XVI y el largo y angustioso proceso de descomposición posterior. Así la hora actual de Inglaterra. Así casi todo el siglo XIX mundial.

El espíritu y la misión de las juventudes son entonces camuflado, o bien declarado perturbador, estridente y demoniaco. Aparece quizá en rebeldías individuales y se resuelve en romanticismo literario, o si adopta formas políticas, en un anarquismo inane.

Pero puede acontecer que esa conciencia mesiánica de las juventudes a que nos hemos referido se robustezca y se desborde de un modo arrollador cuando, en efecto, su presencia coincida de veras con una coyuntura histórica, de tal descomposición, que la aparición vigorosa de las juventudes equivalga a una fuerza motriz avasalladoramente fértil.

Esto ocurre y sucede de hecho en las épocas de transformación, en las épocas revolucionarias, aquellas en las cuales el mundo logra ahogar la hidra de un proceso de descomposición o de angustia y dar paso a un orden nuevo. Son épocas de invención y de conquista. Épocas creadoras, que descorren el telón y descubren para los pueblos los nuevos caminos que la historia les ofrece.

Pues bien, el sujeto histórico de tales momentos, el brazo impulsor y realizador de ellos es lo que denominamos la conciencia operante de las juventudes. Y en la medida en que éstas influyen y sostienen con lo que les es peculiar, es decir, con espíritu de sacrificio, pureza, ímpetu y esfuerzo, las instituciones y formas del nuevo sistema, en esa medida la coyuntura histórica realiza y cumple su misión, resolviéndose en metas de plenitud, o bien retrocediendo y falseando su sentido.

El hecho de que el mundo, y sobre todo los pueblos europeos que son en realidad su expresión más fiel, se encuentre hoy bajo el signo de una coyuntura de ésas, en la que las juventudes aparecen con plena conciencia mesiánica, autosugestionadas y auto sobreestimadas, hace que semejante fenómeno atraviese una zona de claridad y se nos ofrezca de veras comprensible. (Yo mismo me encuentro en la riada, y es así, dentro de ella, como se me presenta el hecho en todo su íntegro volumen.)

3. LA CONCIENCIA MESIÁNICA DE LAS JUVENTUDES

Al convertirse las juventudes en sujeto primordial de la historia, la época adopta necesariamente perfiles revolucionarios. Las grandes revoluciones han tenido lugar y se han efectuado en tales horas, lo mismo si son de índole religiosa que si son de carácter económico y político.

Naturalmente el hecho de las juventudes, el concepto de «lo joven», es desde luego elástico y flexible, sobre todo si queremos referirnos a él en la forma que lo hacemos. Antes aludimos a las épocas por esencias conservadoras y tranquilas, en las que realmente la etapa juvenil del hombre es de suma fugacidad, un relampagueante episodio de la existencia. Pero al contrario, en las épocas en que se operan grandes transformaciones y se proyectan sobre los pueblos con éxito las grandes consignas de índole revolucionaria, el primer hecho social que surge es que el «proceso de duración» de la juventud se estira y amplia de modo considerable.

Entonces puede decirse que el hombre es «joven» durante más tiempo, esto es, vive las apetencias, las emociones, las inquietudes y las angustias de la juventud un período de tiempo más largo. Y es que al pasar las juventudes a ser la fuerza motriz decisiva, al convertirse en sujeto creador, su misión, que en otras épocas parece casi inexistente como tal, se agiganta y dilata de un modo extraordinario, ya que es de hecho la misión misma de la humanidad en aquella hora. Una función así, una tarea así, no puede recaer sobre fuerzas sociales de fugacísima vigencia, sino sobre períodos más dilatados de la vida del hombre. Así ocurre que a los efectos de su mentalidad, sus costumbres, su forma de vida, sus inquietudes, en épocas y momentos como aquellos a que nos referimos, el hombre se considera y es de hecho «joven» hasta los cincuenta y más años.

A esas edades sigue sin incrustarse de un modo definitivo en el orden vigente, se considera enrolado aún entre los que buscan y se afanan por el hallazgo de formas políticas, económicas o religiosas provistas de las eficacias por las que él suspira. Es en definitiva un descontento, un desplazado, un insatisfecho. Es asimismo, naturalmente en su grado histórico más fértil, un soldado de la revolución que en esas épocas se produce y tiene lugar siempre de un modo victorioso.

Esas son las gentes que constituyen el nervio de las grandes revoluciones y que de una manera u otra tiene a su cargo el papel de nutrir su predominio militar, la misión histórica de promover en el mundo los cambios y los virajes gigantescos que se producen. Son las falanges revolucionarias de Julio César, que vencen a las oligarquías podridas de la república romana e instauran el Imperio en nombre de las grandes masas. Son los conquistadores españoles del siglo XVI, analfabetos y hambrientos, y los que se alistan en aquellos famosos tercios que bajo Carlos V afirman el poderío español en Europa. Son las tropas bonapartistas que imponen en toda Europa los postulados de la revolución francesa. Y son, por último, hoy, los actores decisivos, no ya en el orden de la ejecución y del servicio, sino totalitariamente, extrayendo de sí, y sólo de sí, caudillos, normas, instituciones y metas históricas propias.

4. ANTE UNA COYUNTURA SUBVERSIVA

Pues atraviesa, repito, el mundo en esta hora actual un momento que responde exactamente a las características que aquí aparecen. Hoy, en efecto, están agudizados los perfiles que denuncian en casi toda el área mundial la presencia efectiva de una conciencia juvenil operante, provista de una absoluta fe de carácter mesiánico en sus propios destinos. Por eso estamos de hecho en una caldeada atmósfera revolucionaria, de tal temple y poder que, ante las miradas atónitas de muchos, colaboran en el signo revolucionario y subversivo incluso cierto linaje de actitudes que hasta aquí integraban, quizá, el tronco ideal del conservadurismo más pétreo.

Un análisis ligerísimo de los hechos que hoy acontecen, corrobora de un modo absoluto la veracidad de nuestros juicios. La presencia de las juventudes llena en efecto la actualidad mundial. Ahí está por todas partes su problema, y ahí está visible ese rasgo dilatorio de la duración de lo «juvenil», que antes hemos mostrado como propio y característico de las coyunturas históricas de signo revolucionario y subversivo.

Desde hace más de quince años, pongamos desde finales de la Gran Guerra, viene advirtiéndose una movilización de las juventudes, las cuales, a la vez que adquirían volumen y relieve, se han ido resumiendo y polarizando en empresas de orden muy vario según las circunstancias, pero siempre dejando tras de sí una estela de transformaciones, más o menos fallidas, que han dado y dan aún al mundo una sensación profundamente revolucionaria.

5. LA INSOLIDARIDAD DE LAS JUVENTUDES

Las juventudes, en efecto, a la par que se dilata más su proporción numérica, ya que alcanzan un período mayor de la vida humana, y por ello mismo quizá, se notan cada día más desplazadas y lejanas de toda posibilidad de servicio y de dependencia al orden y al sistema que hallan en estado de vigencia. Y ello por una razón doble: frecuentemente ocurre que no hay sitio para las juventudes, que no se les acepta con facilidad, y que su primera impresión por tanto consiste en la angustia de verse sin solicitaciones justas, casi en un papel de residuo histórico. Pero hay también una razón distinta: las juventudes se sienten dominadas por cierta ingénita repugnancia a los huecos sociales que se le tienen reservados, y tras un período de perplejidad y de orientación crítica, haciéndose cargo unas veces de las tareas que se le asignan, y otras en franca rebeldía y aventura, se instalan y enrolan en la subversión más sugestiva que tengan delante.

Un hecho así, un proceso así, tiene hoy rango y carácter de acontecimiento mundial. Desarrollado y culminante en unos pueblos, naciente con más timidez en otros, pero constituyendo sin ninguna duda la fuerza impulsora más decisiva de la época.

En tal situación, las juventudes abordan la realidad fundamental de su existencia. Entran en línea de combate. Pues difícilmente su problema puede ser resuelto de otro modo que con la decisión firmísima de abrirse paso. Se dan cuenta de que han llegado a un mundo repelente, defectuoso y hundido en cien miserias. Pero ellas no forman parte de él, están a extramuros, y precisamente con un bagaje irrenunciable y valiosísimo: su vitalidad, su ímpetu. Y sobre todo su inmunidad para toda depresión o solución de tipo pesimista. Pues ocurre, en efecto, que en tal coyuntura las juventudes se encuentran de verdad entre la pared y la espada: repelen el orden y el sistema vigente, pero a la par de eso tienen cerrada toda salida pesimista, toda renunciación. Es su hora en la historia, y ésta les veda retroceder ante su propio destino.

Por eso las juventudes que alcanzan a vivir una plena conciencia de carácter mesiánico, tras de la desazón y la angustia contra las formas vigentes, entran de lleno en una actitud revolucionaria, de servicio a las trasmutaciones sociales, políticas o religiosas que en épocas tales estén llamadas a surgir.

Las épocas revolucionarias, y la actual lo es en más alto grado que ninguna, comienzan a revelarse por los síntomas que estamos precisamente destacando aquí. Las juventudes se encaran con el panorama que se les ofrece, y lo hacen con arreglo a normas del perfil clásico más puro. Creen en sí mismas, en lo positivo y fértil de su presencia, a la vez que desvalorizan y subestiman lo anterior a ellas, aquello que vienen a hundir en las tinieblas. Y es así como el proceso subversivo culmina. El despego de las juventudes hacia la orden del día universal que encuentran dictada se hace notorio en todos los órdenes.

La significación de todo ello es clara: los valores preeminentes de carácter cultural, económico y político aparecen ante las juventudes desprovistos de luminosidad. Son valores falsos, que no merecen respeto alguno, y que cumplen a sus ojos el papel de meras apariencias de virtud al servicio de realidades degradadas. De hecho se rebelan contra el tipo de vida cenagosa y mediocre que se les ofrece. Y naturalmente, rechazan las tareas a que los viejos grupos, rectores de las formas aún en pie, parecen destinarlas.

6. NI CRISIS MORAL, NI CORRUPCIÓN, NI AVENTURERISMO

Y es digno de notarse un fenómeno que acompaña a esa actitud hostil de las juventudes. Con gran frecuencia se presentan éstas bajo un signo moralmente depresivo, es decir, rodeadas de atributos sospechosos de corrupción y de impureza. Es lo que entonces se denomina, desde la vertiente anti juvenil y anti histórica, «crisis moral de la juventud». Quizá las juventudes en efecto se inclinan a la realización de un tipo de vida que para «los otros», para los representantes de las formas estáticas, es puro cinismo aventurero, pura corrupción, pura huida o fuga ante el deber y la dificultad de ser laboriosas, disciplinadas y obedientes.

Pero eso no es sino otro de los síntomas del viraje histórico, de la ruptura que va a ser efectuada por las revoluciones. Esa supuesta corrupción es simple ignorancia y simple ceguera para determinadas normas inhibitorias. No se parece, pues, en nada a la corrupción y a la mendacidad verdaderas, propias de quienes «trasgreden» normas morales, no sólo no ajenas a ellos, sino creadas y forjadas por ellos mismos, o por lo menos presentadas por ellos como los pilares básicos sobre que descansa su concepción del mundo y de la vida.

Es, por tanto, falsa e injusta esa imputación que se les hace a las juventudes operantes, presentando como de origen impuro su resistencia a incrustarse en los sistemas ortodoxos que rigen a su llegada. Su despreocupación, su adscripción a formas desenvueltas, su quebranto de ciertos ritos, la misma aparente facilidad con que se entrega a los viejos poderes corruptores, todo ello no es ni equivale a la degradación moral absoluta con que generalmente es calificada.

Recusamos por inválida y errónea la propensión a juzgar el «desarraigo» de esas juventudes como un signo de depresión moral. Pues ocurre que carecen quizá de lo que puede llamarse el manojo de virtudes vigentes. Pero ello, junto a ese «desarraigo» de que hicimos mención, no excluye verlas caminar en pos de virtudes nuevas y verlas asimismo ligadas de una manera profunda a disciplinas de dimensión considerable. Adviértase que la ruptura revolucionaria en que viven las desprende de una dogmática antes de haber dado lugar a la creación de otra nueva y diferente. Las fuerzas motrices que actúan en tales épocas viven un interregno comprendido entre el momento de su desvío hacia las formas estáticas y su adscripción a una disciplina moral nueva. Con esto, y con lo que antes expuse acerca de cuáles son las características de la verdadera corrupción, creo quedará perfectamente claro cómo las juventudes no pueden ser calificadas de relajación ni de degradación porque realicen su función trasmutadora con arreglo a estilos de aparente signo aventurero. Hay evidentes diferencias entre un ladrón o atracador de caminos y un gobernante revolucionario que de acuerdo con su mito social despoja en determinados casos las fortunas privadas.

El carácter mesiánico, salvador, y el sentimiento de que su presencia en la historia acontece en la hora precisa para que no llegue a consumarse de modo irreparable la catástrofe, constituyen el basamento emocional de las juventudes. Hay tal caos en torno, hay tal ciénaga y tales injusticias a su vera, perciben todo ello con tal claridad, que la primera decisión de su ánimo es atribuirse el papel mesiánico de salvadores, de inauguradores de la historia, al estilo del historiador griego.

7. LA RUPTURA DEL «PROGRESO»

Así, las épocas revolucionarias no son en rigor épocas progresistas. No hay ni puede haber mito ni ilusión de progreso donde no hay afán alguno continuador, donde no hay servicio a valores preexistentes. No se trata entonces, como no se trata hoy, de progresar, sino de desgarrar el velo de las invenciones. Se va a la conquista de situaciones y formas de vida para escalar las cuales nunca es terreno firme la permanencia, ni siquiera transitoria, en lugares intermedios.

Son, por el contrario, los anchos procesos históricos de signo conservador los que se realizan y cumplen bajo una función de progreso, con una misión progresista. El progreso es hijo y producto de la colaboración, de la continuidad, precisamente las dos cosas que desaparecen y son negadas bajo el imperio de las juventudes triunfantes. Éstas rompen su solidaridad con el pasado más inmediato, es decir, se niegan de hecho a ir elaborando tareas ya iniciadas o a seguir timoneando la simbólica nave progresista.

Bien se habrá advertido cómo esta digresión descubre de hecho los perfiles de la época actual, aquella que está transcurriendo hoy mismo, y de la que somos todos, en un grado u otro, actores. En efecto, ningún fenómeno más notorio hoy que el de la dilatación sorprendente de la etapa juvenil del hombre, con todo el manojo de consecuencias de índole moral, económica y política que ello trae consigo. Las juventudes, dilatadas y amplificadas así, se reajustan más cada día a su misión y actúan como las representantes genuinas del momento histórico. Todo se rinde a ellas, y en todas partes, polarizando lo que hay de más brioso, heroico y fértil, señalan imperativas su camino, que es desde luego un camino revolucionario, enormemente trasmutador y subversivo. No hay país donde no hayan aparecido, y pocas, muy pocas, son las fortalezas que se le resisten. Pues claro que no se trata de movilizaciones juveniles, en el sentido parcial y fugacísimo que puedan darle a esa expresión este o aquel número de años, sino de algo que sobrepasa todo eso y alcanza la calidad de una acción histórica mucho más profunda que la que correspondería a un concepto estrecho y restringido de «lo juvenil». Las épocas revolucionarias ponen en circulación una mística de la juventud que se enlaza con lo más capital de su misión, que es ni más ni menos abrir paso a un mundo provisto de juventud, es decir, de vigor y de pureza.

jueves, 13 de marzo de 2014

Frente Sindicalista Revolucionario: Oposición Falangista al Franquismo


“En 1963 se crea el Frente Nacional de Trabajadores, bajo la dirección de Narciso Perales y Ceferino Maestú, y poco después su rama estudiantil, el Frente de Estudiantes Sindicalistas (FES) a cuyo frente estaban Jorge Perales, Sigfredo Hillers y José Real, y en el que se agrupaban elementos disidentes de la Escuela Provincial de Mandos del Frente de Juventudes, junto a militantes más jóvenes. El F.E.S. se caracterizó por una reivindicación del falangismo joseantoniano que incurría, en opinión del resto de las organizaciones falangistas, en un excesivo dogmatismo, apelando a una ortodoxia fuera de tiempo.

Poco tiempo después, los conflictos surgidos entre el Frente Nacional de Trabajadores y el Frente de Estudiantes Sindicalistas, acerca de las directrices que se debían seguir, pero motivados por también determinados antagonismos personales, dieron lugar a la escisión de ambos grupos, convirtiéndose el Frente Nacional de Trabajadores en el Frente Sindicalista Revolucionario.

El FSR, dirigido por Narciso Perales, atrajo en 1966 a sus filas a Manuel Hedilla, lo que sin duda era una baza importante de cara a la competencia con el resto de los grupos disidentes. Hedilla, designado en abril de 1937 Jefe Nacional de FE de las JONS, en “ausencia” de José Antonio Primo de Rivera, había sido encarcelado por contravenir las órdenes dictadas por Franco una vez promulgado el Decreto de Unificación. Desde 1947, año en el que se puso fin al confinamiento al que fue sometido a la salida de la cárcel, Hedilla se había propuesto su rehabilitación política, lo que implicaba, aunque fuera indirectamente, un reavivamiento de los planteamientos que ya venían defendiendo desde hacía más de dos décadas los sectores falangistas disidentes, los cuales encontraban ahora una importante ayuda para su causa, aunque solo fuera por el mito que representaba Hedilla en cuanto represaliado del franquismo. Sin embargo, Hedilla no tardará en desligarse del FSR y acabará fundando, impulsado por sectores falangistas más conservadores, una nueva agrupación política, el Frente Nacional de Alianza Libre, de escasa significación.

A partir de entonces, la línea ideológica del FSR será marcada por Narciso Perales hasta que, a partir de 1970, recobren nuevo vigor los sectores sindicalistas que han ido abandonando sus orígenes falangistas. Este grupo acabará conformando, años después, el Partido Sindicalista.

Lo que a simple vista percibimos al pasar las páginas de las publicaciones del FES y de una buena parte de los boletines de los Círculos Doctrinales José Antonio (especialmente a partir de 1965), es la inclusión de un amplio número de escritos y discursos de las jefaturas de la primitiva Falange, en especial de los textos de José A. Primo de Rivera, y un constante recurrir a las efemérides de la historia del falangismo y a su calendario necrológico (asesinato de Matías Montero, ejecución de Primo de Rivera, el Cuartel de la Montaña) para elaborar una serie de escritos escasamente novedosos y en los que se insistía machaconamente en el hecho de que el programa falangista no había sido cumplido por el franquismo.

Nada parecido se encuentra en las páginas elaboradas por el F.S.R. En ellas, siguiendo la tesis de Perales de salvar la “substancia” más que la forma, que se considera perdida, y dado que de lo que se trataba era de procurar la atracción no sólo de falangistas dispersos sino de potenciales militantes del anarcosindicalismo, o de gentes no vinculadas a ninguna doctrina política en especial pero descontentos con la escasa atención que recibían las clases menos privilegiadas por parte del régimen, el nombre de Falange no aparecía por ninguna parte y la terminología falangista, a la que se recurría en escasas ocasiones (y de la que se prescinde desde finales de 1971), era tamizada o sometida a un proceso de readecuación, lo que para los puristas joseantonianos constituía una evidente distorsión o traición.

En el primer manifiesto doctrinal del F.S.R. encontramos unas líneas básicas de definición, sustentadas en un contenido anticapitalista, anticomunista, antiburgués y obrerista, enlazando con los posicionamientos de la disidencia falangista (con una clara referencia al “Movimiento que no se mueve”). El F.S.R., en opinión de sus dirigentes, nace para hacer frente:

A la explotación de los asalariados, que cada día perciben una parte proporcionalmente menor del producto de su esfuerzo, potenciado cada día más por la técnica. 

A la especulación de solares y viviendas, el fraude financiero y comercial, el cohecho de los funcionarios públicos, la impunidad para los delincuentes y capitalistas. 

Al crecimiento de los grupos financieros que manejan los resortes del Estado a su beneficio. 

A los intelectuales que quieren canalizar el descontento del pueblo español de forma que se salve el capitalismo con la apariencia de una democracia falsa: la democracia burguesa. 

A los comunistas que pretenden poner el Movimiento Obrero al servicio de una de las dos potencias imperialistas, y hacer triunfar en España una revolución traicionada y fracasada en Rusia, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, etc.; y que acabó en otra forma de explotación a los trabajadores. 

A la sociedad burguesa, corrompida por la propaganda, el erotismo, el lujo y la comodidad.” 

Extraído de: La extrema derecha en España del Tardofranquismo a la consolidación de la democracia (1967-1982) Rodríguez Jiménez, José Luis; Fernández García, D. Antonio.