Entonces puede decirse que el hombre es «joven» durante más tiempo, esto es, vive las apetencias, las emociones, las inquietudes y las angustias de la juventud un período de tiempo más largo. Y es que al pasar las juventudes a ser la fuerza motriz decisiva, al convertirse en sujeto creador, su misión, que en otras épocas parece casi inexistente como tal, se agiganta y dilata de un modo extraordinario, ya que es de hecho la misión misma de la humanidad en aquella hora. Una función así, una tarea así, no puede recaer sobre fuerzas sociales de fugacísima vigencia, sino sobre períodos más dilatados de la vida del hombre. Así ocurre que a los efectos de su mentalidad, sus costumbres, su forma de vida, sus inquietudes, en épocas y momentos como aquellos a que nos referimos, el hombre se considera y es de hecho «joven» hasta los cincuenta y más años.
A esas edades sigue sin incrustarse de un modo definitivo en el orden vigente, se considera enrolado aún entre los que buscan y se afanan por el hallazgo de formas políticas, económicas o religiosas provistas de las eficacias por las que él suspira. Es en definitiva un descontento, un desplazado, un insatisfecho. Es asimismo, naturalmente en su grado histórico más fértil, un soldado de la revolución que en esas épocas se produce y tiene lugar siempre de un modo victorioso.
Esas son las gentes que constituyen el nervio de las grandes revoluciones y que de una manera u otra tiene a su cargo el papel de nutrir su predominio militar, la misión histórica de promover en el mundo los cambios y los virajes gigantescos que se producen. Son las falanges revolucionarias de Julio César, que vencen a las oligarquías podridas de la república romana e instauran el Imperio en nombre de las grandes masas. Son los conquistadores españoles del siglo XVI, analfabetos y hambrientos, y los que se alistan en aquellos famosos tercios que bajo Carlos V afirman el poderío español en Europa. Son las tropas bonapartistas que imponen en toda Europa los postulados de la revolución francesa. Y son, por último, hoy, los actores decisivos, no ya en el orden de la ejecución y del servicio, sino totalitariamente, extrayendo de sí, y sólo de sí, caudillos, normas, instituciones y metas históricas propias.
4. ANTE UNA COYUNTURA SUBVERSIVA
Pues atraviesa, repito, el mundo en esta hora actual un momento que responde exactamente a las características que aquí aparecen. Hoy, en efecto, están agudizados los perfiles que denuncian en casi toda el área mundial la presencia efectiva de una conciencia juvenil operante, provista de una absoluta fe de carácter mesiánico en sus propios destinos. Por eso estamos de hecho en una caldeada atmósfera revolucionaria, de tal temple y poder que, ante las miradas atónitas de muchos, colaboran en el signo revolucionario y subversivo incluso cierto linaje de actitudes que hasta aquí integraban, quizá, el tronco ideal del conservadurismo más pétreo.
Un análisis ligerísimo de los hechos que hoy acontecen, corrobora de un modo absoluto la veracidad de nuestros juicios. La presencia de las juventudes llena en efecto la actualidad mundial. Ahí está por todas partes su problema, y ahí está visible ese rasgo dilatorio de la duración de lo «juvenil», que antes hemos mostrado como propio y característico de las coyunturas históricas de signo revolucionario y subversivo.
Desde hace más de quince años, pongamos desde finales de la Gran Guerra, viene advirtiéndose una movilización de las juventudes, las cuales, a la vez que adquirían volumen y relieve, se han ido resumiendo y polarizando en empresas de orden muy vario según las circunstancias, pero siempre dejando tras de sí una estela de transformaciones, más o menos fallidas, que han dado y dan aún al mundo una sensación profundamente revolucionaria.
5. LA INSOLIDARIDAD DE LAS JUVENTUDES
Las juventudes, en efecto, a la par que se dilata más su proporción numérica, ya que alcanzan un período mayor de la vida humana, y por ello mismo quizá, se notan cada día más desplazadas y lejanas de toda posibilidad de servicio y de dependencia al orden y al sistema que hallan en estado de vigencia. Y ello por una razón doble: frecuentemente ocurre que no hay sitio para las juventudes, que no se les acepta con facilidad, y que su primera impresión por tanto consiste en la angustia de verse sin solicitaciones justas, casi en un papel de residuo histórico. Pero hay también una razón distinta: las juventudes se sienten dominadas por cierta ingénita repugnancia a los huecos sociales que se le tienen reservados, y tras un período de perplejidad y de orientación crítica, haciéndose cargo unas veces de las tareas que se le asignan, y otras en franca rebeldía y aventura, se instalan y enrolan en la subversión más sugestiva que tengan delante.
Un hecho así, un proceso así, tiene hoy rango y carácter de acontecimiento mundial. Desarrollado y culminante en unos pueblos, naciente con más timidez en otros, pero constituyendo sin ninguna duda la fuerza impulsora más decisiva de la época.
En tal situación, las juventudes abordan la realidad fundamental de su existencia. Entran en línea de combate. Pues difícilmente su problema puede ser resuelto de otro modo que con la decisión firmísima de abrirse paso. Se dan cuenta de que han llegado a un mundo repelente, defectuoso y hundido en cien miserias. Pero ellas no forman parte de él, están a extramuros, y precisamente con un bagaje irrenunciable y valiosísimo: su vitalidad, su ímpetu. Y sobre todo su inmunidad para toda depresión o solución de tipo pesimista. Pues ocurre, en efecto, que en tal coyuntura las juventudes se encuentran de verdad entre la pared y la espada: repelen el orden y el sistema vigente, pero a la par de eso tienen cerrada toda salida pesimista, toda renunciación. Es su hora en la historia, y ésta les veda retroceder ante su propio destino.
Por eso las juventudes que alcanzan a vivir una plena conciencia de carácter mesiánico, tras de la desazón y la angustia contra las formas vigentes, entran de lleno en una actitud revolucionaria, de servicio a las trasmutaciones sociales, políticas o religiosas que en épocas tales estén llamadas a surgir.
Las épocas revolucionarias, y la actual lo es en más alto grado que ninguna, comienzan a revelarse por los síntomas que estamos precisamente destacando aquí. Las juventudes se encaran con el panorama que se les ofrece, y lo hacen con arreglo a normas del perfil clásico más puro. Creen en sí mismas, en lo positivo y fértil de su presencia, a la vez que desvalorizan y subestiman lo anterior a ellas, aquello que vienen a hundir en las tinieblas. Y es así como el proceso subversivo culmina. El despego de las juventudes hacia la orden del día universal que encuentran dictada se hace notorio en todos los órdenes.
La significación de todo ello es clara: los valores preeminentes de carácter cultural, económico y político aparecen ante las juventudes desprovistos de luminosidad. Son valores falsos, que no merecen respeto alguno, y que cumplen a sus ojos el papel de meras apariencias de virtud al servicio de realidades degradadas. De hecho se rebelan contra el tipo de vida cenagosa y mediocre que se les ofrece. Y naturalmente, rechazan las tareas a que los viejos grupos, rectores de las formas aún en pie, parecen destinarlas.
6. NI CRISIS MORAL, NI CORRUPCIÓN, NI AVENTURERISMO
Y es digno de notarse un fenómeno que acompaña a esa actitud hostil de las juventudes. Con gran frecuencia se presentan éstas bajo un signo moralmente depresivo, es decir, rodeadas de atributos sospechosos de corrupción y de impureza. Es lo que entonces se denomina, desde la vertiente anti juvenil y anti histórica, «crisis moral de la juventud». Quizá las juventudes en efecto se inclinan a la realización de un tipo de vida que para «los otros», para los representantes de las formas estáticas, es puro cinismo aventurero, pura corrupción, pura huida o fuga ante el deber y la dificultad de ser laboriosas, disciplinadas y obedientes.
Pero eso no es sino otro de los síntomas del viraje histórico, de la ruptura que va a ser efectuada por las revoluciones. Esa supuesta corrupción es simple ignorancia y simple ceguera para determinadas normas inhibitorias. No se parece, pues, en nada a la corrupción y a la mendacidad verdaderas, propias de quienes «trasgreden» normas morales, no sólo no ajenas a ellos, sino creadas y forjadas por ellos mismos, o por lo menos presentadas por ellos como los pilares básicos sobre que descansa su concepción del mundo y de la vida.
Es, por tanto, falsa e injusta esa imputación que se les hace a las juventudes operantes, presentando como de origen impuro su resistencia a incrustarse en los sistemas ortodoxos que rigen a su llegada. Su despreocupación, su adscripción a formas desenvueltas, su quebranto de ciertos ritos, la misma aparente facilidad con que se entrega a los viejos poderes corruptores, todo ello no es ni equivale a la degradación moral absoluta con que generalmente es calificada.
Recusamos por inválida y errónea la propensión a juzgar el «desarraigo» de esas juventudes como un signo de depresión moral. Pues ocurre que carecen quizá de lo que puede llamarse el manojo de virtudes vigentes. Pero ello, junto a ese «desarraigo» de que hicimos mención, no excluye verlas caminar en pos de virtudes nuevas y verlas asimismo ligadas de una manera profunda a disciplinas de dimensión considerable. Adviértase que la ruptura revolucionaria en que viven las desprende de una dogmática antes de haber dado lugar a la creación de otra nueva y diferente. Las fuerzas motrices que actúan en tales épocas viven un interregno comprendido entre el momento de su desvío hacia las formas estáticas y su adscripción a una disciplina moral nueva. Con esto, y con lo que antes expuse acerca de cuáles son las características de la verdadera corrupción, creo quedará perfectamente claro cómo las juventudes no pueden ser calificadas de relajación ni de degradación porque realicen su función trasmutadora con arreglo a estilos de aparente signo aventurero. Hay evidentes diferencias entre un ladrón o atracador de caminos y un gobernante revolucionario que de acuerdo con su mito social despoja en determinados casos las fortunas privadas.
El carácter mesiánico, salvador, y el sentimiento de que su presencia en la historia acontece en la hora precisa para que no llegue a consumarse de modo irreparable la catástrofe, constituyen el basamento emocional de las juventudes. Hay tal caos en torno, hay tal ciénaga y tales injusticias a su vera, perciben todo ello con tal claridad, que la primera decisión de su ánimo es atribuirse el papel mesiánico de salvadores, de inauguradores de la historia, al estilo del historiador griego.
7. LA RUPTURA DEL «PROGRESO»
Así, las épocas revolucionarias no son en rigor épocas progresistas. No hay ni puede haber mito ni ilusión de progreso donde no hay afán alguno continuador, donde no hay servicio a valores preexistentes. No se trata entonces, como no se trata hoy, de progresar, sino de desgarrar el velo de las invenciones. Se va a la conquista de situaciones y formas de vida para escalar las cuales nunca es terreno firme la permanencia, ni siquiera transitoria, en lugares intermedios.
Son, por el contrario, los anchos procesos históricos de signo conservador los que se realizan y cumplen bajo una función de progreso, con una misión progresista. El progreso es hijo y producto de la colaboración, de la continuidad, precisamente las dos cosas que desaparecen y son negadas bajo el imperio de las juventudes triunfantes. Éstas rompen su solidaridad con el pasado más inmediato, es decir, se niegan de hecho a ir elaborando tareas ya iniciadas o a seguir timoneando la simbólica nave progresista.
Bien se habrá advertido cómo esta digresión descubre de hecho los perfiles de la época actual, aquella que está transcurriendo hoy mismo, y de la que somos todos, en un grado u otro, actores. En efecto, ningún fenómeno más notorio hoy que el de la dilatación sorprendente de la etapa juvenil del hombre, con todo el manojo de consecuencias de índole moral, económica y política que ello trae consigo. Las juventudes, dilatadas y amplificadas así, se reajustan más cada día a su misión y actúan como las representantes genuinas del momento histórico. Todo se rinde a ellas, y en todas partes, polarizando lo que hay de más brioso, heroico y fértil, señalan imperativas su camino, que es desde luego un camino revolucionario, enormemente trasmutador y subversivo. No hay país donde no hayan aparecido, y pocas, muy pocas, son las fortalezas que se le resisten. Pues claro que no se trata de movilizaciones juveniles, en el sentido parcial y fugacísimo que puedan darle a esa expresión este o aquel número de años, sino de algo que sobrepasa todo eso y alcanza la calidad de una acción histórica mucho más profunda que la que correspondería a un concepto estrecho y restringido de «lo juvenil». Las épocas revolucionarias ponen en circulación una mística de la juventud que se enlaza con lo más capital de su misión, que es ni más ni menos abrir paso a un mundo provisto de juventud, es decir, de vigor y de pureza.