- Circulo de Estudios Tercerposicionistas: Anticapitalismo
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miércoles, 4 de mayo de 2016

El fascismo de izquierdas

1. Sorprendentes coincidencias

El fascismo histórico albergaba en sus filas a antiguos militantes de extrema izquierda; el mismo Mussolini había sido un antiguo líder socialista y varios de los más directos colaboradores de Hitler militaron en el K D.P. o en la socialdemocracia. Es típico oír relatos de la época de conquista del poder por los nazis cuando después de cada mitin algunos comunistas rompían su carnet y se afiliaban al N.S.D.A.P. También es típico el caso de la huelga general de transportes en Berlín organizada en común por el doctor Goebbels mano a mano con Walter Ulbricht. Antiguos comunistas en las españolas J.O.N.S.; Jacques Doriot, líder de la Internacional comunista, alcalde de Saint Denis y fundador del Partido Popular Francés, la muestra más elaborada del fascismo galo; incluso en la misma Francia, Pierre Clementi fundó un llamado Partido Nacional Comunista Francés y los nazis chilenos, una vez fracasado su intento de tomar el poder por la vía armada, concluyen un pacto con socialistas y comunistas incluyéndose dentro de un Frente Popular; en fin, miembros de la extrema-derecha francesa y del neo-fascismo italiano compartieron las barricadas de la calle Gay-Lussac unos y defendieron las mismas Facultades otros, junto a sus tradicionales enemigos los anarco-maoístas durante los estallidos revolucionarios de mayo del 68. Todos estos casos y otros muchos que podríamos citar casi hasta el infinito nos muestran un hecho a primera vista sorprendente: el de la insospechada comunicabilidad entre extrema-derecha y extrema-izquierda. Los datos históricos incontrovertibles están ahí. No se trata ni de enmascaramientos, ni de provocaciones de unos contra otros, sino de, en la mayoría de los casos, románticas colaboraciones e interrelaciones entre gentes sumidas en universos semejantes.

En efecto, podemos extremar nuestro análisis, llevarlo desde el marco psicológico hasta el puramente historicista e ideológico, para advertir que el tipo humano que milita en movimientos extremistas de ambos bandos es radicalmente parecido, manteniendo, al mismo tiempo, una radical diferencia y trabajando encuadrado en unas coordenadas ideológicas absolutamente opuestas en su fondo, pero similares en su planteamiento a nivel de práctica política; su ética, en ambos casos, es muy parecida.

Podríamos recordar simplemente un hecho cuya comprobación tenemos al alcance de la mano: preguntad a cualquier extremista de derechas hispano hacia qué organización política mantiene más simpatías, después de la suya por supuesto; un 90 %, quizá más, contestarán que por la CNT anarcosindicalista. De la misma forma que cualquier ex-combatiente del bando nacional hablará de los cenetistas como de los mejores combatientes republicanos aun cuando no hay duda de que eran ellos los que protagonizaron los máximos episodios de violencia antifascista. Incluso se da el hecho de que parte de los cuadros catalanes actuales de la CNT proceden curiosamente de Falange Española, concretamente de la «Guardia de Franco».

Concretemos, pues, estas dos tesis:

1.° Los militantes de extrema-izquierda y los neo-fascistas poseen una psicología común a ambos.

2.° Ciertos rasgos y planteamientos ideológicos y estratégicos son muy similares tanto en uno como en otro bando.

Más todavía, estas dos características tienden a acentuarse cuando se trata del neo-fascismo y de la Nueva Izquierda contestataria. Enunciadas las tesis se trata ahora de presentar las argumentaciones adecuadas para demostrarlas suficientemente. Vamos a por ello.

2. La común «lucha contra el sistema»

Un neo-fascista integral que se precie hablará siempre de combatir al «Sistema», no a uno u otro tipo de Estado, no a una u otra concepción particular del mundo o de la economía, ni a esta o aquella tesis cultural, sino ante todo y sobre todo «al Sistema» entendido éste como el conjunto de infraestructuras y superestructuras que componen la totalidad de caracteres de una sociedad. Se trata, pues, de una lucha integral que debe darse, no solamente sobre el plano político, con un cambio estructural, ni tampoco sobre el terreno cultural exclusivamente o en el de la enseñanza, sino que debe ser un cambio íntegro; sustituir, en definitiva, un sistema por otro, un estilo de vida por otro: de un orden viejo a un orden nuevo.

Asimismo, un anarquista hablará casi exclusivamente de revolución social, pero el concepto que él tiene de ella engloba dentro de sí a un cambio en la mentalidad de las colectividades, una revolución cultural, una nueva ordenación de las relaciones producción-consumo, etc., de tal forma que preguntar a un anarquista si está «contra el Sistema» es esperar ya de antemano una afir-mación. Similar característica podemos encontrar también en un maoísta y en ciertas sectas trotskystas.

Sólo existe una diferencia que ya Mussolini anotó en uno de sus primeros discursos cuando le quedaba un cierto resabio de sus glorias socialistas: «Tanto vosotros como nosotros estamos contra el gran capital y la explotación, contra la demagogia y los partidos burgueses, por un Estado fuerte, pero vosotros llegáis a él por la vía de la lucha de clases, nosotros por la comprensión del fenómeno de la Patria». Esta cita, retórica como todas las de Mussolini, da a entender muchas cosas, la más importante sin duda que las izquierdas radicales combaten al Sistema en nombre de la «revolución proletaria» y la lucha de clases, mientras que los extremistas de derecha lo hacen enarbolando la bandera de la Patria, de la Tradición y del Orden Nuevo en tanto en cuanto que ese Sistema ha barrido la noción de Tradición tal y como ellos la entienden, ha transformado la Patria en una noción muerta y como consecuencia de esto no existe un Orden, sino un caos.

Extraído por CET de: "La ofensiva neo-fascista". 

martes, 10 de noviembre de 2015

El Socialismo nacional

El «socialismo nacional antimarxista»

En el manifiesto de los «Grupos Nacionalistas Revolucionarios de Base», organización francesa afecta a esta corriente, que publica la agencia informativa semanal «Cahiers Européens», encontramos la definición de socialismo nacional. Escriben los nacional-revolucionarios franceses: 

«El Estado Nacionalista será, ante todo, el brazo armado de la comunidad nacional. Nosotros combatimos por un "Socialismo Nacionalista" que no es más que la expresión de nuestra oposición radical y absoluta al capitalismo bajo todas sus formas. El capitalismo no es más que el excremento insano, en el dominio económico, del liberalismo político y de la ideología sionista.» 

El Socialismo Nacionalista es la toma de conciencia de que una sociedad comunitaria es la opción económica y social indispensable del Estado Nacionalista sobre el plano político. Este socialismo concebirá la economía de la siguiente forma: 

— Asegurará el pleno desarrollo de la empresa libre. La propiedad será respetada y sostenida por el Estado Nacionalista en tanto que verdadero antídoto del capitalismo monopolista. 

—Asegurará el control por la Comunidad Nacional de todos los bienes que le han sido sustraídos y los utilizará para el desarrollo de las fuerzas productivas de la nación. 

— En las empresas se ayudará al desarrollo de grupos autónomos de productores, favoreciendo el interés de los trabajadores no sólo en los frutos de la expansión de su empresa, sino también en la posesión de los útiles mismos de trabajo. 

— El objetivo final del Socialismo Nacionalista será la puesta en pie de una comunidad social homogénea, la de todos los Trabajadores, la de todos los productores, que excluirá de su seno a los parásitos y los aprovechados.» 

Tales son las primeras ideas: se acepta la propiedad privada, se reserva el derecho de nacionalización y, por último, se manifiesta a favor del reparto de beneficios y de la propiedad de los medios de producción por la comunidad de trabajadores. Los nacional-revolucionarios no ocultan en ningún momento sus simpatías hacia el movimiento cooperativista, descubriendo en él una buena forma de practicar acupuntura inmovilizadora en algunos sectores de la economía capitalista. Incluso, algunos neo-fascistas han ido más lejos, como en Italia, en donde las fracciones nacional-revolucionarias del M.S.I. están organizando —en otoño de 1977—comunidades cooperativas agrarias a fin de poner en práctica sus esquemas comunitarios. 

Normalmente todas las sectas nacional-revolucionarias coinciden en dividir la economía en tres sectores: un primer sector que llaman de «importancia estratégica» y en el que engloban a las industrias pesadas y aquellas que por su importancia puedan ser de utilidad preeminente para la nación. Proponen nacionalizar este primer sector, así como los servicios públicos, transportes, etc. También se propone poner coto a los beneficios de la gran banca y de la alta finanza, prohibiendo los trusts y los monopolios privados, nacionalizando el servicio de crédito, etc. Un segundo sector engloba a las pequeñas empresas, industrias familiares o artesanales con pequeño número de trabajadores; éstas, naturalmente, continúan como empresas privadas ya que ni su volumen, ni su importancia estratégica aconsejan poner coto a sus actividades y, por otra parte, suponen un tributo a la propiedad privada. Por fin un tercer sector, constituido por empresas de tamaño medio, empresas de servicios, tienen dentro del esquema nacional-revolucionario, una importancia especial ya que deberán de ser gestionadas mediante un sistema cogestionario en el que participen representantes del capital privado y de los trabajadores, tendiéndose siempre a reducir el primero a la mínima expresión y a aumentar el papel de los accionistas obreros. 

En cuanto a las opciones presentadas frente al sindicalismo de las grandes formaciones obreras dependientes más o menos directamente de los partidos democráticos, los nacional-revolucionarios proponen como alternativa los sindicatos de empresa y los sindicatos por ramas de producción que posean un patrimonio propio. En esto se deberían asemejar a los gremios medievales, poco conocidos en la actualidad, que poseían medios de producción propios. Los sindicatos de empresa tienden a configurar un ambiente comunitario en el seno mismo de las fábricas. 

Extraído por CET de: "La ofensiva neo-fascista", de Ernesto Cadena.

domingo, 10 de mayo de 2015

La empresa para quien la trabaja, de Javier Iglesias.

Introducción

Las realizaciones y conquistas sociales del Peronismo en su primera etapa de gobierno (1946-1955), son tantas y tan importantes que, entre los propios seguidores de dicho Movimiento, es común interpretarlas como el fruto de una Revolución totalmente realizada; una especie de "Edad de Oro" de los trabajadores y del Pueblo argentino que, con algunas variaciones de detalle, puede y debe recuperarse mediante la organización y la lucha.

Paradójicamente esa versión del Peronismo como una Revolución"concluida" que hay que repetir y recuperar, no coincide en lo más mínimo con lo que pensaban aquellos que la llevaron a cabo en el pasado, ni mucho menos y en especial, con los planteamientos del mismo General Juan Domingo Perón.

Para todos ellos, la riquísima experiencia política, económica y social del periodo 1943-1955 es apenas el inicio de una transformación revolucionaria mucho más profunda y, por lo que se refiere a lo económico, el verdadero comienzo de un proceso de gradual socialización de los medios de producción.

Que ese objetivo socializante es afirmado explícitamente y desde un principio por importantes sectores del Movimiento Peronista, puede probarse con la simple lectura de los estatutos de la CGT aprobados en su Congreso Extraordinario de abril de 1950.

En su Preámbulo, después de afirmar que "la Doctrina Peronista, magistralmente expuesta por su creador, el General Juan Perón, define y sintetiza las aspiraciones fundamentales de los trabajadores argentinos y les señala la verdadera doctrina, con raíz y sentido nacional, cuya amplia y leal aplicación ha de forjar una Patria Justa, Libre y Soberana", fundamentan esa definición ideológica en el hecho de que:

"El proceso de realización tiende hacia la gradual socialización de los medios de producción y en cambio impone al proletariado el deber de participar y gravitar desde el terreno sindical para afianzar las conquistas de la Revolución Peronista, para consolidarlas en el presente y ensancharlas en el futuro". [1]

La inequívoca definición del Movimiento Obrero Argentino -calificado habitualmente por el General Perón como la "columna vertebral" del Peronismo- no es, por otra parte, una simple declaración sectorial. En ocasión tan importante como el 1º de mayo de 1952, en su alocución a los legisladores argentinos con motivo de la inauguración del 86º periodo ordinario de sesiones del Congreso Nacional, el propio Líder justicialista también afirma tajantemente:

"Así como la clase de los hombres que trabajan va substituyendo a los representantes del individualismo capitalista en el panorama político, también la clase de los hombres que trabajan va substituyendo progresivamente a las empresas individualistas, con las nuevas organizaciones de tipo cooperativo. Ello significa que los trabajadores, por la natural evolución económica de nuestro sistema, van adquiriendo progresivamente la propiedad directa de los bienes capitales de la producción, del comercio y de la industria. Este camino, por el que avanzan ya los trabajadores argentinos, tiene un largo pero fecundo recorrido y posibilitará el acceso del pueblo a la conducción de su propia economía. El viejo ideal del pueblo, en la plena posesión de sus derechos políticos, sociales y económicos, se realizará entonces, y en aquel momento la justicia social alcanzará la cumbre de sus objetivos totales y la doctrina peronista será la más bella y absoluta de las realidades". [2]

Que el Peronismo fundacional aspiraba a la total socialización de "los bienes capitales de la producción, del comercio y de la industria" resulta, pues, irrefutable, más allá del ritmo de esa socialización; ritmo que, como es natural, depende más de la cambiante relación de fuerzas nacional e internacional que de cuestiones ideológicas o esquemas teoricistas de salón.

Cuando, a partir de los propios textos peronistas, afirmamos que el Peronismo apunta hacia la socialización de los medios de producción, ¿estamos coincidiendo con la acusación del "nacionalismo" fascistizante y antiperonista según la cual el Justicialismo sería "un movimiento que sale del capitalismo y camina hacia el comunismo"? [3]

Obviamente no.

Los creadores de la Doctrina Peronista siempre recalcaron su carácter de"Tercera Posición"; sus postulados anticapitalistas pero, a la vez, diferentes de los del colectivismo totalitario y burocrático marxista.

En el discurso del 2 de mayo de 1950 es también Perón el que recalca magistralmente ese "tercerismo" económico peronista:

"Para el capitalismo la renta nacional es producto del capital y pertenece ineludiblemente a los capitalistas. El colectivismo cree que la renta nacional es producto del trabajo común y pertenece al Estado, porque el Estado es propietario total y absoluto del capital y del trabajo. La doctrina peronista sostiene que la renta del país es producto del trabajo y pertenece por lo tanto a los trabajadores que la producen." [4]

El Peronismo no confunde, por lo tanto, socialización con estatización.

Es anticapitalista pero pretende, a diferencia del marxismo, no la entrega de los medios de producción a un gigantesco Estado-Patrón dictatorial sino directamente a los propios trabajadores.

Se trata de una concepción con mucha semejanza con lo que posteriormente será conocido como "socialismo autogestionario" [5] aunque también puede considerarse emparentada a las posiciones del anarcosindicalismo y del"sindicalismo revolucionario" europeo anterior a la Segunda Guerra Mundial; algo que han destacado recientes estudios ideológicos imparciales como los de Cristián Buchruker:

"Más que del socialismo clásico, el peronismo en gestación adoptó ideas fundamentales del anarcosindicalismo hispano-francés, el cual ya tenía una tradición no despreciable en el gremialismo argentino. Se trata aquí de dos exigencias: a) el directo protagonismo político del sindicato (no por mediación del partido) sobre todo a través de la huelga general como instrumento de acción; y b) el objetivo lejano de una administración de los medios de producción por los sindicatos mismos." [6].

jueves, 26 de marzo de 2015

Nicola Bombacci: De Lenin a Mussolini, de Erik Norling

         
El 29 de abril de 1945 eran pasados por las armas los principales jerarcas fascistas a manos de los partisanos comunistas. Curiosamente entre éstos fascistas encontramos a Nicola Bombacci, el que fuera una de las máximas figuras del comunismo italiano, ni más ni menos que el fundador del Partido Comunista italiano (PCI), amigo personal de Lenin con el que estuvo en la URSS durante los años de la Revolución (en mayúscula). Apodado el “Papa Rojo” y finalmente incondicional seguidor de Mussolini, al que se unió en los últimos meses de su régimen. Su vida, ¿es la historia de una conversión o de una traición? O fue, acaso, ¿una evolución natural de un nacional bolchevique?

Un joven revolucionario

Nicola Bombacci nace en el seno de una familia católica (su padre era agricultor, antaño soldado del Estado Pontificio) de la Romagna, en la provincia de Forli, un 24 de octubre de 1879, a escasos kilómetros de Predappio, donde también nacerá cuatro años después el que sería fundador del fascismo. Es una región donde la lucha obrera se había distinguido por su dureza y un campesinado habituado a la rebelión, tierra de pasiones extremas. Por imposición paterna ingresa en el seminario pero lo abandonará al morir su progenitor. En 1903 ingresa en el anticlerical Partido Socialista (PSI) y decide estudiar para maestro para poder servir a las clases menos favorecidas en su lucha (nuevamente las similitudes con el Duce son evidentes, llegando a estudiar en la misma Escuela superior) para pronto dedicarse en cuerpo y alma a la revolución socialista. Su capacidad de trabajo y dotes de organizador le valen serle encomendada la dirección de órganos de prensa socialista, donde irá aumentando su poder en el seno del movimiento obrero, llegará a ser Secretario del Comité Central del partido y diputado, y donde conocerá a un muchacho unos años más joven: Benito Mussolini, que no olvidemos fue la promesa del socialismo italiano antes de tornarse nacional-revolucionario.

Opuesto a la línea blanda de la socialdemocracia, Bombacci fundará junto a Gramsci el Partido Comunista de Italia tras la fractura interna del PSI y viajará a principios de los años 20 a la URSS para participar en la revolución bolchevique a donde había ido ya antes como representante del partido socialista siendo captado para la causa de los soviets. Allí traba amistad con el propio Lenin que le diría en una recepción en el Kremlin aquellas famosas palabras acerca de Mussolini: “En Italia,compañeros, en Italia sólo había un socialista capaz de guiar al pueblo hacia larevolución Benito Mussolini”, y poco después el Duce encabezaría una revolución, pero la fascista.

Como líder (Antonio Gramsci era el teórico, Bombacci el organizador) del recién creado PCI, se convertirá en el auténtico “enemigo público nº 1 de la burguesía italiana que le apoda “El Papa Rojo”. Revalidará brillantemente su acta de diputado, esta vez en las listas de la nueva formación, mientras que las escuadras fascistas comenzaban a tomar las calles enfrentándose a las milicias comunistas en sangrientos combates. Bombacci se empeñará en detener la marcha hacia el poder del fascismo pero fracasará, desde las páginas de sus periódicos lanza invectivas contra el fascismo arengando a la defensa de la revolución comunista. Es una época en que los escuadristas con camisa negra cantan canciones irreverentes como “No tengo miedo de Bombacci/ ...con la barba de Bombacci haremos spazzolini (cepillos)/ para abrillantar la calva de Benito Mussolini”. Etapa en la que el comunismo se ve inmerso en numerosas tensiones internas y el propio Bombacci entra en polémica con sus compañeros de partido; uno de los puntos de fricción es precisamente la decisión entre nacionalismo e internacionalismo. Ya había mostrado antes tendencias nacionalistas, que hacían presagiar su futura línea, cuando aún estaba en el partido socialista y como consecuencia de un documento protestando contra la acción de Fiume de D’Annunzio que quería presentar el partido, Bombacci se rebeló y escribió sobre éste que era “Perfecta y profundamente revolucionario; porque D’Annunzio es revolucionario. Lo ha dicho Lenin en el Congreso de Moscú”.

El primer fascismo

En 1922 los fascistas marchan sobre la capital del Tíber; nadie puede impedir que Mussolini asuma el poder, aunque éste no será absoluto durante los primeros años del régimen. Como diputado y miembro del Comité Central del partido así como encargado de las relaciones exteriores del mismo, Bombacci viaja al extranjero con frecuencia. Está en el IV Congreso de la Internacional Comunista representando a Italia, en el Comité de acción antifascista, se entrevista con dirigentes bolcheviques rusos. Lleva ya media vida dedicada a la causa del proletariado y no está dispuesto a cejar en su empeño de llevar a la práctica su sueño socialista. Se convierte en un ferviente defensor del acercamiento de Italia a la URSS en la cámara y en la prensa comunista, seguramente hablando en nombre y por instigación de los dirigentes moscovitas, pero utilizando un discurso nacional-revolucionario que molesta en el seno del partido, que por otro lado está en plena desbandada tras la victoria fascista. Las relaciones con el revolucionario estado soviético sería una ventaja para Italia como nación, que también ve un proceso revolucionario aunque sea fascista. Inmediatamente le acusan de herético y piden que rectifique. No pueden admitir que un comunista exija, como hace Bombacci, “superar la Nación (sin) destruirla, la queremos más grande, porque queremos un gobierno de trabajadores y agricultores”, socialista y sin negar la Patria “derecho incontestable y sacro de todo hombre y de todo grupo de hombres”. Es la llamada “Tercera Vía” donde el nacionalismo revolucionario del fascismo pudiera encontrarse con el socialismo revolucionario comunista.

Bombacci es progresivamente marginado en el seno del PCI y condenado al ostracismo político, aunque no dejaría de tener contactos con algunos dirigentes rusos y la embajada rusa para la que trabajaba, además un hijo vivía en la URSS. Creía sinceramente en la revolución bolchevique y que, a diferencia de los camaradas italianos, los rusos tenían un sentido nacional de la revolución por lo que jamás renegará de su amistad hacia la URSS ni siquiera cuando se adhiera definitivamente al fascismo.

Con la expulsión definitiva del partido en 1927 Bombacci entra en una etapa que podemos calificar como los años del silencio que llegan hasta 1936 cuando lanzará su editorial y revista homónima bautizada La Verità (La Verdad) y que culminará en 1943 en una progresiva conversión hacia el fascismo. Sin embargo es demasiado fácil considerar que Bombacci simplemente se pasó con armas y bagajes al fascismo como pretenden los que le acusan de ser un “traidor”. Asistiremos a un proceso lento de acercamiento, no al fascismo sino a Mussolini y a la ala izquierdista del movimiento fascista, donde Bombacci se siente arropado y en familia, cercano a sus planteamientos revolucionarios, su corporativismo y sus leyes sociales de este fascismo del que “todo postulado es un programa del socialismo” dirá en 1928 reconociendo su identificación.

Comprobamos así como Bombacci, no es un fascista pero defiende los logros del régimen y la figura de Mussolini. No se acercó al partido fascista –jamás se adhirió al Partido Nacional Fascista- aún su amistad reconocida con Mussolini, no aceptó cargos que le pudieran ofrecer ni renegó de sus orígenes comunistas. Su independencia valía más. Sin embargo se convenció que el Estado Corporativo propuesto por el fascismo era la realización más perfecta, el socialismo llevado a la práctica, un estadio superior al comunismo. Jamás camuflaría sus ideales, en 1936 escribía en la revista La Veritá, confesando su adhesión al fascismo pero también al comunismo:

“El fascismo ha hecho una grandiosa revolución social, Mussolini y Lenin. Soviet y Estado fascista corporativo, Roma y Moscú. Mucho tuvimos que rectificar, nada de qué hacernos perdonar, pues hoy como ayer nos mueve el mismo ideal: el triunfo del trabajo”.

Mientras esto sucedía Bombacci tiene un largo intercambio epistolar con el Duce intentando influir en el antaño socialista en su política social. El máxime historiador del fascismo, Renzo de Felice, ha escrito al respecto que Bombacci tiene el mérito de haber sugerido a Mussolini más de una de las medidas adoptadas en esos años 30. En una de estas misivas, fechada en julio de 1934, propone un programa de economía autárquica (que aplicará Mussolini) que, dice Bombacci al Duce, es muestra de su “voluntad de trabajar más en aquello que ahora concierne, en el interés y por el triunfo del Estado Corporativo...”, como hace también desde las páginas de su revista donde una y otra vez batalla por una autarquía que haga de Italia un país independiente y capaz de enfrentarse a las potencias plutocráticas (entiéndase EE.UU. pero también Francia e Inglaterra). Por ello apoya decididamente la intervención en Etiopía en 1935, pero no como campaña colonial sino como preludio del enfrentamiento entre los países “proletarios” (entre los que estaría la Italia fascista) y los “Capitalistas” que irremediablemente deberá llegar, esa“revolución mundial (que) restablecerá el equilibrio mundial”. La acción italiana sería una“típica e inconfundible conquista proletaria” destinada a derrotar a las potencias“capitalistas” y cuya experiencia “deberá ser asumida... como un dato fundamental para la redención de las gentes de color, aún bajo la opresión del capitalismo más terrible”.

Contra Stalin

Entre los años 1936 y 1943, difíciles para el fascismo pues se inician los conflictos armados preludio de la derrota, Bombacci acrecienta su adhesión ideológica a Mussolini. Ya es un hombre que tiene casi sesenta años, ha visto cómo muchos de sus sueños socialistas no se han realizado, pero es un eterno idealista y no está dispuesto a abandonar la lucha por el socialismo, por “esa obra de redención económica y de elevación espiritual del proletariado italiano que los socialistas de primera hora habíamos iniciado”. Su editorial es una ruina económica, sus biógrafos han dejado constancia de las dificultades y penurias que sufre. Le habría bastado un paso oportunista e integrarse en el fascismo oficial y habría dispuesto de todas las ayudas del aparato del Estado pero no quiere perder su independencia aunque en ocasiones deba aceptar subvenciones del Ministerio de Cultura Popular.

Coincide esta etapa con una profunda reflexión de sus errores del pasado y una serie de ataques al comunismo ruso se habría vendido a las potencias capitalistas traicionando los postulados de Lenin. Así, escribe Bombacci en noviembre de 1937, las relaciones entre la URSS y los países democráticos sólo tenía una expoliación que delataría todo lo demás, “la razón es una sola, frívola, vulgar, pero real: el interés, el dinero, el negocio”por lo que podía este antaño comunista declarar abiertamente que “nosotros proclamamos con la conciencia limpia que la Rusia bolchevique de Stalin ha devenido una colonia del capitalismo masónico-hebraico-internacional...” La alusión antisemita no es nueva en Bombacci, ni en los teóricos socialistas de principios de siglo, pues no debemos olvidar que el antisemitismo moderno tuvo sus más fervientes defensores precisamente entre los doctrinarios revolucionarios de finales del siglo XIX cuando el judío encarnaba la figura del odiado capitalista. En Bombacci no encontramos un antisemitismo racialista sino social, acorde con los planteamientos mediterráneos del problema judío a diferencia del anti-judaísmo alemán o galo.

Cuando llega la segunda guerra mundial, y especialmente al estallar en el frente del Este, Bombacci participa de lleno en las campañas anticomunistas del régimen. Como dirigente comunista que ha viajado a la URSS su voz se hace oír. Ahora bien, no reniega de sus ideales, sino que profundiza en su tesis que Stalin y sus acólitos han traicionado la revolución. Escribe numerosos artículos contra Stalin, sobre las condiciones reales de vida en el llamado paraíso comunista, las medidas adoptadas por éste para destruir todos los logros del socialismo leninista. En 1943, poco antes de la caída del fascismo, concluía Bombacci resumiendo su posición en un folleto de propaganda:

“¿Cuáles de las dos revoluciones, la fascista o la bolchevique, hará época en el siglo XX y quedará en la historia como creadora de un orden nuevo de valores sociales y mundiales? ¿Cuáles de las dos revoluciones ha resuelto el problema agrario interpretando verdaderamente los deseos y aspiraciones de los campesinos y los intereses económicos y sociales de la colectividad nacional? ... ¡Roma ha vencido! ... Moscú materialista semi-bárbara, con un capitalismo totalitario de Estado-Patrono, quiere unirse a marchas forzadas (planes quinquenales), llevando a la miseria más negra a sus ciudadanos, a la industrialización existente en los países que durante el siglo XIX siguieron un proceso de régimen capitalista burgués. Moscú completa la fase capitalista. ... Roma es bien otra cosa. ... Moscú, con la reforma de Stalin, se retrata institucionalmente al nivel de cualquier Estado burgués parlamentario. Económicamente hay una diferencia sustancial, porque, mientras en los Estados burgueses el gobierno está formado por delegados de la clase capitalista, el gobierno está en manos de la burocracia bolchevique, una nueva clase que en realidad es peor que esa clase capitalista porque sin control alguno dispone del trabajo, de la producción y de la vida de los ciudadanos...”

La República Social Italiana

Cuando Mussolini es depuesto en julio de 1943 y rescatado por los alemanes unos meses después, el Partido Nacional Fascista se ha derrumbado. La estructura orgánica ha desaparecido, los mandos del partido, provenientes de las capas privilegiadas de la sociedad se han pasado en masa al gobierno de Badoglio e Italia se encuentra dividida en dos (al sur de Roma los aliados avanzan hacia el norte). Mussolini reagrupa a sus más fieles, todos ellos viejos camaradas de primera hora o jóvenes entusiastas, casi ninguno dirigente de alto rango, que aún creen en la revolución fascista y proclama la República Social Italiana. Inmediatamente el fascismo parece volver a sus orígenes revolucionarios y Nicola Bombacci se adhiere a la proclamada república y presta a Mussolini todo su apoyo. Su sueño es poder llevar a cabo la construcción de esa “República de los trabajadores” por la que tanto él como Mussolini combatiesen a principios de siglo juntos. Como Bombacci se le unen otros conocidos intelectuales de izquierda al nuevo gobierno como Carlo Silvestri (diputado socialista, después de la guerra defensor de la memoria del Duce), Edmondo Cione (filósofo socialista que será autorizado a crear un partido socialista aparte del Partido Fascista Republicano), etc.

El primer contacto con Mussolini lo tiene el 11 de octubre, hace apenas un mes de la proclamación de la RSI, y es epistolar. Bombacci le escribe a Mussolini desde Roma, una ciudad donde el fascismo se ha derrumbado estrepitosamente, los romanos han destruido todos los símbolos del anterior régimen en las calles, pero donde quedan muchos fascistas de corazón, y es ahora el momento que elige para declarar a Mussolini que está con él. No cuando todo eran parabienes y alegrías sino en los momentos difíciles como tan sólo hacen los verdaderos camaradas:

“Estoy hoy más que ayer totalmente con usted” –le confiesa Bombacci- “la vil traición del rey-Badoglio ha traído por todos lados la ruina y el deshonor de Italia pero le ha liberado de todos los compromisos pluto-monárquicos del 22. Hoy el camino está libre y a mi juicio se puede sólo recorrer al resguardo socialista. Ante todo: la victoria de las armas. Pero para asegurar la victoria debe tener la adhesión de la masa obrera. ¿Cómo? Con hechos decisivos y radicales en el sector económico-productivo y sindical... Siempre a sus órdenes con el gran afecto de treinta años ya”.

Mussolini, acosado por la situación militar pero más resuelto que nunca en llevar a cabo su revolución ahora que se ha desprendido de los lastres del pasado, autoriza que los sectores más radicales del partido asuman el poder y se inicia una etapa denominada de “Socialización” (nombre propuesto por Bombacci y aceptado por el Duce) que se traducirá en la promulgación de leyes claramente de inspiración socialista, en cuanto a la creación de sindicatos, cogestión de las empresas, distribución de beneficios, nacionalización de los sectores industriales de importancia. Todo ello resumido en los 18 puntos del primer (y único) congreso del Partido Fascista Republicano en Verona, un documento redactado por Mussolini y Bombacci conjuntamente, que debía convertirse en las bases del Estado Social Republicano. En política exterior intentará convencer a Mussolini que había que firmar la paz con la URSS y proseguir la guerra contra la plutocracia anglosajona, resucitar el eje Roma-Berlín-Moscú de los pensadores geopolíticos del nacional-bolchevismo de los años veinte, una propuesta que parece haber tenido éxito en Mussolini que escribirá varios artículos para la prensa republicana al respecto aún sabiendo que esta propuesta tenía una tenaz oposición por parte de un amplio sector del partido, en particular de Roberto Farinacci. Bombacci viaja al norte y se reinstala cerca de su amigo Walter Mocchi, otro veterano dirigente comunista convertido al fascismo mussoliniano que trabaja para el Ministerio de Cultura Popular.

Si para muchos el último Mussolini era un hombre acabado, títere de los alemanes, no deja de sorprender la adhesión que recibiera de hombres como Bombacci, un verdadero idealista, de altura imponente, con la barba crecida y una oratoria atrayente, alérgico a todo lo que pudiera significar encasillarse o aburguesarse, que tampoco ahora aceptará ni sueldo ni prebendas (sólo a principios de 1945 aparecerá su nombre en una lista de propuestas de nóminas del ministerio de Economía o como Jefe de la Confederación Única del Trabajo y de la Técnica). Bombacci se convertirá en asesor personal y confidente de Mussolini, para atraer de nuevo a las bases del partido de los trabajadores. Propone la creación de comités sindicales, abiertos a no militantes fascistas, elecciones sindicales libres, viajará a lo largo de las fábricas del industrializado norte (Milán-Turín) explicando la revolución social del nuevo régimen y el porqué de su adhesión. Parece que nuevamente el viejo combatiente revolucionario rejuvenece, tras un mitin en Verona y varias visitas a empresas socializadas escribe al Duce el 22 de diciembre de 1944: “He hablado una hora y 30 minutos en un teatro entregado y entusiasta... la platea, compuesta en la mayor parte por obreros ha vibrado gritando: Sí, queremos combatir por Italia, por la república, por la socialización... por la mañana he visitado la Mondadori, ya socializada, he hablado con los obreros que forman parte del Consejo de Gestión que he encontrado lleno de entusiasmo y comprensión de esta nuestra misión”. Mientras la situación militar se deterioraba por momentos y los grupos terroristas comunistas (los trágicamente famosos GAP) ya habían decidido eliminarle por el peligro que conllevaba su actividad para sus objetivos.

Pero la guerra está llegando a su fin. Benito Mussolini, aconsejado por el diputado ex-socialista Carlo Silvestri y Bombacci, propone entregar el poder a los socialistas, integrados en el Comité Nacional de Liberación, antes que a los dirigentes derechistas del sur. Sin embargo fracasan. En abril de 1945 las autoridades militares alemanas se rinden a los aliados, sin informar a los italianos, es el fin. Abandonados y solos.

Crepúsculo de un nacional-revolucionario

Durante los últimos meses de la RSI Bombacci continuó, incluso entonces, la campaña para recuperar a las masas populares y evitar que se decantasen por el bolchevismo. A finales de 1944 se publicaba un opúsculo titulado Esto es el Bolchevismo, reproducido en el periódico católico Crociata Italica en marzo de 1945, Bombacci insiste en las críticas hacia las desviaciones estalinistas del comunismo real que ha destruido el verdadero sindicalismo revolucionario en Europa con las injerencias rusas. Estas últimas semanas de vida de la experiencia republicana Bombacci está al lado de los que aún creen posible una solución de compromiso con el enemigo y así evitar la ruina del país. Leal hasta el final se quedará con Mussolini aún cuando todo ya definitivamente esté perdido, proféticamente habla de ello a sus obreros en una de sus últimas apariciones públicas, el 14 de marzo de 1945:

“Hermanos de fe y de lucha... yo no he renegado a mis ideales por los cuales he luchado y por los que, si Dios me concede de vivir aún más, lucharé siempre. Pero ahora me encuentro en las filas de los colores que militan en la República Social Italiana, y he venido otra vez porque ahora que sí va en serio y es verdaderamente decisivo reivindicar los derechos de los obreros...”

Nicola Bombacci, siempre fiel, siempre sereno, acompañará a Mussolini en su último y dramático viaje hasta la muerte. El 25 de abril está en Milán. El relato de Vittorio Mussolini, hijo del Duce, de su último encuentro con su padre, a quien le acompañaba Bombacci, nos muestra la entereza de éste:

“Pensé en el destino de este hombre, un verdadero apóstol del proletariado, un tiempo enemigo acérrimo del fascismo y ahora al lado de mi padre, sin ningún cargo ni prebenda, fiel a dos jefes diversos hasta la muerte. Su calma me sirvió de consuelo.”

Poco después, tras haberse Mussolini separado de la columna de sus últimos fieles para ahorrarles tener que compartir su destino, Bombacci es detenido por un grupo de partisanos comunistas junto a un grupo de jerarcas fascistas. La mañana del 28 de abril era colocado contra el paredón en Dongo, al norte del país, a su lado Barracu, un valeroso excombatiente, mutilado de guerra; Pavolini, el poeta-secretario del partido; Valerio Zerbino, un intelectual; Coppola, otro pensador. Todos gritan ante el pelotón que los asesina “¡Viva Italia!” mientras y no deja de ser una paradoja, fiel reflejo de la controvertida personalidad de Nicola Bombacci, que éste, mientras caía su cuerpo acribillado por las balas de los comunistas, gritase: “¡Viva el Socialismo!”

domingo, 8 de marzo de 2015

¿Qué significa ser nacionalrevolucionario?, de Jürgen Schwab.



Armin Mohler definió a los “nacional revolucionarios” como uno de los cinco grupos principales de una revolución conservadora[1] que sin embargo ni tan siquiera tuvo lugar con ese nombre en su origen. En su tiempo, el término usado fue el de “nuevos nacionalistas”[2], que fue substituido por Armin Mohler precisamente por lo inoportuno de dicho término en el período de la posguerra y del proceso de desnazificación en Alemania. Pero los nacional revolucionarios de los años veinte y treinta probablemente hubieran protestado con fuerza si a alguien se le hubiera ocurrido definirles como “revolucionarios conservadores” en su tiempo.

Partiendo de los prototipos históricos, ¿Qué significa actualmente ser “nacional revolucionario”?

Fundamentalmente, los denominados nacional revolucionarios parecen ir desde la premisa de que ante una determinada situación política, el bien colectivo del pueblo sólo puede ser salvado cuando una revolución supera la situación reinante y la invierte. Un comportamiento revolucionario consiste básicamente en la voluntad de cambiar una relación de poderes. Por “relación de poderes”[3] no entendemos al partido político o la personalidad de turno en la función competente del Estado, sino a la totalidad del sistema en sí.

Un auténtico nacional revolucionario, que no haya instrumentalizado el concepto de nacional revolucionario como marca de diseño “chic”, no puede ser nunca leal al orden político que exista, sea cual sea éste. En el momento en que así lo hiciera dejaría automáticamente de ser “revolucionario”.

Esto tampoco tendría ninguna importancia, pues “revolucionario” no es ninguna meta en sí. En un Estado que fuera útil a los intereses colectivos del pueblo, un nacional revolucionario dejaría de tener sentido y, abandonando su hábito de revolucionario, se integraría en la sociedad como un ciudadano más. Es aquí donde queda claro que la definición de “nacional revolucionario” no puede de ningún modo existir sin estar ligado a una teoría política. La cuestión sobre el estado en la época de la ausencia de un Estado nacional y soberano, es el punto angular de todo nacionalrevolucionario.

Pero si el motivo del nacionalrevolucionario se centrara exclusivamente en el cambio de la relación de poderes, entonces todo lo que se enfrentara al sistema de gobierno actual quedaría incluido en su definición. Una democracia directa, un sistema feudal medieval, un gobierno aristocrático, una dictadura comunista o una dictadura nacionalsocialista podrían ser, entre muchas otras, consideradas como tal. Además, una dictadura de partido único sin más, incluso una que fuera nacionalsocialista, sería en la actualidad, ya que vivimos en una dictadura multipartidista, únicamente una alternativa ilusoria frente al sistema liberal capitalista que actualmente existe, ya que únicamente sustituiríamos a una dictadura plural por otra singular. Si dependiera del autor de estas líneas, el Estado Nacional ideal sería aquel que estuviera fundamentado a partir de una mezcla de elementos democráticos, aristocráticos, presidencialistas y gremiales[4].

“Revolución Nacional” e Idea del Estado vienen por lo tanto juntos. No existe revolución sin una clara idea de aquello que se desea alcanzar. El nacional revolucionario alemán más conocido, Ernst Niekisch, fue por ejemplo un abogado del Estado Nacional (Prusiano). Ya en 1918, antes de que la Primera Guerra Mundial finalizara, Niekisch, en su artículo “el Pueblo alemán y su Estado” diría que “el destino del Estado es el destino del pueblo[5]”.

Niekisch fundamente esto a partir de la lógica de la historia alemana (y compartida de un modo u otro por todos los pueblos de la tierra) en la que él ve una dialéctica entre lo particular y lo universal, entre lo individual, esencial, particular y limitado y lo general, colectivo, informe y global del “alma alemana”. Una dialéctica que para él era la que mantenía la historia del pueblo alemán en movimiento.

Entre el individualismo liberal y el universalismo cristiano romano no pudieron los alemanes encontrar su Estado por mucho tiempo – hasta que Prusia cambió este hecho. Entonces pudo por fin Alemania, atravesar la idea de Estado prusiano, encontrar por un tiempo su justo lugar entre las grandes potencias mundiales. Esto es importante, ya que según las enseñanzas de Niekisch, los Estados se comportan como “individuos vivientes” en la esfera internacional, “ellos actúan igual que seres orgánicos que persiguen objetivos, que tratan con los que les rodean, que sufren un destino y que desean un reconocimiento”, en los que la única ley válida es la “voluntad vital” de cada uno de ellos.

Actualmente hay anarquistas que consideran que el Estado Nacional es cosa de la burguesía desde el siglo XIX. Frente a ello, Niekisch ya dijo clara en el 1925 en la  revista socialdemócrata “Firn” la conexión que, tanto entonces como actualmente, existe entre la idea de protección colectiva del Estado y los intereses socialistas del trabajador. En su obra “El camino del trabajador hacia el Estado” exigió al SPD (los socialdemócratas) que encarnara el espíritu de resistencia del pueblo alemán frente al “imperialismo occidental”. Aquello significó la renuncia a la doctrina marxista del Estado de clases y el retorno a Lassalle: O caer en la insignificancia de negar la idea del Estado o apostar claramente por hacer de él el órgano más hábil y óptimo posible. En este sentido los nacional revolucionarios sólo deberían dar la vuelta al lema socialista de “compañero apátrida”, el cual además es actualmente aliado inconsciente del Gran Capital en su intención de eliminar Estados y patrias para convertirse en fuerza incontestable en un “mundo global”. Ya Niekisch vio que la idea del Estado había sido traicionada tanto por las élites conservadoras como por la burguesía liberal y es por ello que él asignó al proletariado la labor de construir el verdadero Estado alemán. En su obra “El espacio político de la resistencia alemana” escribió: “Desde 1918 en Alemania las cosas llevan hacia un punto en el que las necesidades vitales del Estado caen en irreconciliable contradicción con las necesidades vitales de la sociedad burguesa, y en el que uno ya sólo puede escoger por el Estado o por la sociedad burguesa. Desde entonces sólo existen los burgueses o los alemanes, la idea de un burgués alemán se ha convertido en una contradicción sin esperanza. Una política burguesa alemana es fundamentalmente imposible; ella tendría necesariamente que traicionar a Alemania. Sobre los principios de la autoconservación, el burgués alemán tiene que ser paneuropeo; para poder seguir existiendo, la burguesía alemana debe incorporar a Alemania en Paneuropa. Sociedad burguesa, cultura occidental y tratado de Versalles son, desde 1918, distintos rostros de un mismo hecho: la esclavización de Alemania y el saqueo tributario de su pueblo. Una política alemana que quiera ser justa con las necesidades vitales de su pueblo sólo puede ser antiburguesa, anticapitalista y antioccidental; si no es así, entonces seguiremos siempre en manos de Francia”.

Uno sólo tendría que cambiar Versalles por Maastrich, Paneuropa por Unión Europea y Francia por Estados Unidos y Niekisch seguiría siendo tan actual como entonces. Y del mismo modo que también es actualidad su posición sobre el Estado en la época de la Globalización, que no es otra que la del proceso de eliminación del Estado Nacional. Todo lo demás, todo aquello que por extensión viene unido a la globalización, no son más que consecuencias de ello. La explotación abusiva del ecosistema, la pobreza social, el imperialismo económico y cultural de Estados Unidos y la incoherente lucha global partisana contra ello significan una sola cosa: La incapacidad de los Estados Nacionales frente a los abusos de la Pax Americana. Quien realmente quiera ayudar a los pueblos en su lucha contra el imperialismo americano, deberá abogar por Estados que se puedan defender por lo económico, mediante aranceles ante la economía globalizada y por lo militar, cuando como consecuencia quiera el “Tio Sam” romper la puerta mientras diga “democracia y derechos humanos” pero de hecho piense “apertura de mercados y materias primas”.

En su obra de 1925 “Política revolucionaria”,Ernst Niekisch pensó que “la política alemana, si quiere ser por un lado alemana y por el otro política, no puede tener ninguna otra meta que no sea la recuperación de la verdadera independencia alemana, la liberación de las ataduras impuestas y la reconquista de su lugar en el Mundo”. Esta “recuperación de la independencia alemana” es instruida a partir de la idea del Estado. Así lo expresaría Niekisch en 1931 en su composición “La ley de Postdam” por la “idea dominante prusiana”, la cual contenía para él las reglas de orden para Alemania. En este sentido, el estado soberano es en la actualidad el polo opuesto a la globalización. Donde el bien colectivo – por delante de todo el del estado social y medioambiental – tiene su lugar, donde cada vez más izquierdistas críticos antiglobalización, como el sociólogo Pierre Bourdieu, acaban llegando.

El que actualmente niega el Estado Nacional de un modo total ha renunciado a la auténtica autodeterminación de los pueblos como meta política y se ha abandonado al torbellino de la globalización. Simples adhesiones a cuestiones como la “democracia directa”, “regionalismo”, “autodeterminación” y “justicia social” – siempre tras el lema de “pensamiento global, acción local” – no cambian absolutamente nada, bien al contrario. Si sirve para algo, es únicamente para tranquilizar a una conciencia que en esencia es conformista con el sistema. Quien no cuestione o ponga en duda desde la base mas fundamental que al actual sistema, de incapacitación mundial de los pueblos como estados, es que en realidad ya pertenece a la realidad de la América global, sus “valores occidentales” y a su cada vez mas monopolizadora civilización mundial.

Precisamente la democracia directa en la comunidad según el principio de subsidiareidad y regional, tal y como exigen los teóricos desde Alain de Benoist hasta Henning Eichberg, no podrían realizarse sin estos representantes y sus instituciones (Estados Nacionales). El tamaño de un Estado no tiene ninguna importancia: si todos los franceses desean seguir siendo franceses o si los bretones, vascos o corsos desean separarse de ellos y constituir sus propios Estados Nacionales no modifica en absoluto este principio del Estado Nacional. Quien señale a esto como regionalismo, discrimina semánticamente el nacionalismo legítimo de los pueblos oprimidos y traiciona el principio más básico de todo de “un pueblo – un Estado”.

¿Qué temas y qué cuestiones sociales pueden tener una mayor importancia en los intereses generales del Estado? Por encima de todo el bienestar del pueblo y la protección medioambiental – los cuales sólo pueden encontrar su verdadera garantía bajo la organización del Estado. En una sociedad meramente liberal, en cambio, quedaron fuera de sus “cuentas de mercado” una protección de la ecología y, mucho menos, una protección social del ciudadano. Ambos caerían víctimas de su espiral de explotación. Ellos sólo tendrían un espacio no ordenado, dependiente de la caridad, no del automatismo de una ordenación y en ello equivalente a la protección de un mendigo que depende de los 5 euros que le pueda dar como limosna alguna señora después de haber comprado en los grandes almacenes de moda.

Sólo el Estado Nacional es el antídoto contra globalización. Una “buena” y “justa” globalización, como siempre repiten los  “antiglobalización”, es una quimera. Es por ello que deberíamos rechazar todas esas alternativas ilusorias y seductoramente de moda: Cuestiones como “democracia directa” y “regionalismo” en el contexto del “anarquismo” son un cuento de hadas. En el marco actual, contra la política local y regional subsidiaria en el marco nacional y regional subsidiario en el marco del Estado Nacional no hay absolutamente nada que objetar. Una supuesta respuesta a él desde la “base multicolor” es una contradicción solo explicable en su instrumentalización como punta de lanza contra el Estado en aras a una mejor implantación del fenómeno de la globalización del Gran Capital. La promesa de la autodeterminación de los pueblos en el marco de la supresión del Estado Nacional y soberano es un fraude. En este aspecto, nosotros deberíamos tomar siempre en el sentido de Niekisch, nuestra resistencia contra la americanización global y de la imposición de un liberalismo capitalista creciente en la determinación por constituir un Estado alemán nacional y soberano.


[1] Armin Mohler. Die Konservative Revolution in Deutschland 1918-1932.
[2] Wolfgang Herrmann. Der neue Nationalismus und seine Literatur.
[3] DT. Herrschaftsverhältisse.
[4] Berufsständisch es una palabra para la que la única traducción que he encontrado es “gremial”, pero esta es incorrecta. El berufständische Ordnung (orden “gremial”) es un tipo de gobierno desarrollado por un teólogo llamado Johannes Messner que al parecer significaría la superación de la sociedad de clases planteada por el marxismo. Del libro de Jürgen Schwab: Volksstaat stalt Weltherrschaft. Das Volk- Mab aller Dinge. Hohenrain-Verlag, Tübingen 2002.
[5] Zitiert nach Friedrich Kabermann: Widerstand und Entscheidung eines deutschen Revolutionärs. Leben und Denken von Ernst Niekisch. Verlag Siegfried Bublies. Koblenz 1993, S.42.

domingo, 25 de mayo de 2014

Ramiro Ledesma Ramos: La descomposición demoliberal. Decrepitud de las formas políticas y económicas de la burguesía individualista.


Nada hay más opuesto a la mentalidad, a las necesidades y al sentido de nuestra época que las formas políticas y económicas elaboradas por el espíritu liberalburgués. Estas formas han sobrevivido a su propia eficacia, y los pueblos se desprenden hoy de ellas como de utensilios cuyo uso resultase ya ruinoso y molesto. La subversión cuyo desarrollo se viene perfilando en estas páginas actúa verdaderamente de liberadora de esas viejas formas, y constituye un esfuerzo por desprenderse de ellas, por evadirse de su caducidad.

La permanencia y duración de las instituciones demoliberales supondría hoy, para el mundo, la imposibilidad de extraer de esta época valor alguno, condenándola a vivir prisionera de formas que le son extrañas, en estado de amputación y de parálisis.

Es bien notorio, sin embargo, que la época actual logra, de un modo relativamente sencillo, desprenderse con éxito del peligro de falsearse y anularse. Lo comprueba la realidad subversiva que venimos estudiando, poblada como ha podido verse, no de fracasos ni de intentos fallidos, sino de victorias resonantes y completas.

El resultado de la trasmutación contemporánea será fatalmente el vencimiento de todas las formas políticas, económicas y culturales propias de la mentalidad y del espíritu de la burguesía capitalista, y a la vez, su sustitución por otras que sean una creación directa de las fuerzas hoy representativas y operantes.

Si analizamos un poco las características vitales y sociales del espíritu burgués, bien pronto percibiremos su absoluta oposición y su contradicción radical con los valores más vivos y fértiles que hoy aparecen.

1. SU ACTITUD INDIVIDUALISTA 

Las instituciones demoburguesas han sido elaboradas bajo la creencia de que el individuo, como tal, es el sujeto creador de la historia, y por tanto, que el cumplimiento de sus fines, como tal individuo, es la misión más respetable y fecunda del hombre. Todo ha de sacrificarse, pues, a esa misión individual, comenzando por el Estado, que no sólo no debe estorbarla ni mediatizarla, sino garantizarla eficazmente. He aquí la médula del Estado liberal, la función y la finalidad que le ha sido adscrita por la burguesía.

El Estado liberal es simplemente un utensilio para el individuo. No debe menoscabar en nada la libertad de éste, ni sacrificar esa libertad por ningún otro valor. Su mismo aparato coactivo se justifica en función de la libertad, garantiza la libertad y «los derechos» de los individuos.

Es notorio que unas instituciones así hicieron posible el robustecimiento histórico del régimen capitalista, la culminación de una clase social, la burguesía, que desarrolló hasta el máximo la energía creadora de sus miembros, e impulsó de un modo enorme su progreso económico, cultural y político. En tal coyuntura, el individuo hizo conquistas sorprendentes, adquirió un poder social enorme, y logró asimismo un elevadísimo nivel de vida. Todo estaba a su servicio, al alcance de su mano, para ser utilizado por él como instrumento de poder, de sabiduría o de riqueza.

No cabe desconocer la importancia considerable de esa etapa histórica y el número de adquisiciones valiosas que hizo durante ella la humanidad. Lo que sí puede afirmarse, desde luego, es que su período de vigencia ha sido corto, y que ya hoy vemos con claridad absoluta el manojo de contradicciones y monstruosidades que encerraba en su seno. Por muy minúsculas que sean las dotes de observación y comprensión que se tengan, cualquiera las advierte y las comprende hoy. O las presiente, que es igual.

Pronto ocurrió y se hizo patente que aquella supuesta grandeza individual, y aquella supuesta generosidad que informaba a las instituciones, era de hecho accesible a muy pocos, y consistía y se mantenía a costa de atroces injusticias.

Y era accesible a muy pocos, no porque fueran pocos los individuos sobresalientes, sino por propia naturaleza del sistema y de los fines que se señalaban como apetecibles. Eran muchos los hombres que podían aspirar al poder político, a la riqueza y a la cultura, y con dotes y capacidad para conseguirlo, pero fatalmente esa trinidad de bienes tenía que ser acaparada y monopolizada por muy pocos. Pero como el sistema admitía y hacía posible la concurrencia, la lucha y la pugna, a ellas se lanzaron las gentes con frenesí.

Y ahí tenemos las turbinas que operaron en el seno del individualismo burgués: los partidos políticos, en número cada vez mayor y más abundante, con aspiraciones e ideales programáticos distintos. Las empresas económicas, la producción sin orden ni concierto y la especulación financiera. Las escuelas y las morales diversas, la disgregación espiritual de la cultura.

2. EMPEQUEÑECIMIENTO DEL HOMBRE 

Y he aquí cómo el espíritu burgués, en honor y honra de la dimensión individual del hombre, condujo a éste a contradicciones y resultados como los que hoy presenciamos. Claro que no sin atravesar etapas de cierto esplendor y de liberar a la humanidad de poderes regresivos abominables. El liberalismo político y el capitalismo económico nos parecen hoy entidades y formas repletas de vacuidad, de ineficacia y de injusticia. Pero han realizado y cumplido una misión en la historia, tanto más reconocida como tal por sus actuales debeladores, mientras con más prisa y vigor la declaran mendaz y caducada. La prueba de ello la tenemos en que la subversión no corre a cargo de los poderes políticos desalojados por la burguesía liberal, es decir, del «antiguo régimen», a pesar de que aún es defendido y sostenido en pie por algunos. Y tampoco el derrocamiento del capitalismo se hace e intenta por las formas económicas y sociales que le precedieron. 

La subversión contemporánea, al enterrar las formas demoliberales de la burguesía capitalista, lo hace revolucionariamente, esto es, no volviendo a las formas antiguas, sino descubriendo e inventando otras nuevas. 

A la postre, en medio de las instituciones y de la civilización liberal-burguesa, el hombre resultó maltratado, explotado y empequeñecido. 

La libertad política cristalizó necesariamente en la democracia parlamentaria, y tal sistema trasladó el Poder con rapidez suma a las oligarquías partidistas, a los magnates, dueños de los resortes electorales, de la gran prensa y de la propaganda cara. 

La libertad económica lo dejó reducido en la gran mayoría de los casos a un objeto de comercio, cuando no a la atroz categoría de parado, de residuo social. 

Por último, el hombre se vió privado de valores permanentes y firmes. Todos aquellos que tienen su origen y alcanzan su sentido en esferas humanas extraindividuales. Los valores de comunidad, de milicia, de disciplina justa. Y el valor de la Patria, la dimensión nacional del hombre, la que arranca y comienza antes que él y termina y concluye después de él. (No señalo el valor religioso, porque éste no ha peligrado propiamente bajo el signo de la burguesía individualista, ya que, entre los fines individuales, cabe perfectamente la preocupación religiosa de salvar el alma.) 

En resumen, la vigencia de las formas de vida típicamente burguesas originó de un modo exclusivo el encumbramiento de una minoría política (las oligarquías) y de una minoría social (los grandes capitalistas), y como tal situación de privilegio carecía y carece en absoluto de raíces profundas, es decir, no se basa en valores jerárquicos reconocidos como justos, sino que procede de una libre concurrencia y pueden ser apetecidos por todos, surge la sospecha de que se deban al engaño, la mendacidad y la injusticia, haciéndose, por ello, más irritantes e insufribles. 

3. LA VANGUARDIA DISCONFORME 

Fueron, naturalmente, los trabajadores los primeros en percibir que el mundo político y económico, creado por la burguesía demoliberal, resultaba una cosa, un artilugio, bastante poco habitable. Su respuesta histórica fue el marxismo, primera contestación sistemática, primera dificultad que se atravesaba en el camino de la democracia parlamentaria. Porque es evidente que el sistema demoliberal encuentra sólo su justificación práctica y teórica cuando es considerado, por todos, como método aceptable de convivencia. Pero el marxismo decretó y consiguió la insolidaridad proletaria, es decir, proveyó a los trabajadores de una doctrina y una bandera, dentro de las cuales no había sitio alguno para la colaboración pacífica y legal con las demás clases. A pesar de que existan otras interpretaciones del marxismo, entiendo que hay en él una formidable y fecundísima tendencia a apartar a los trabajadores, no sólo del mito demoliberal de la burguesía, sino del mito mismo de la libertad política. (La frase de Lenin «¿Libertad, para qué?» es aún más profunda de lo que se cree, está pronunciada por un marxista, y su contestación resulta de veras difícil en esta hora crítica de la política mundial.) 

4. AGOTAMIENTO Y CONTEMPLACIÓN DE LAS PROPIAS RUINAS 

Es notorio que una de las realizaciones políticas que vienen persiguiéndose hoy en Europa, consiste en desalojar al espíritu burgués de las zonas gobernantes. La democracia parlamentaria otorgó el Poder, y lo otorgará siempre mientras subsista, a la burguesía misma, o a sus representantes más directos, que son los partidos. 

Pero ocurre que el burgués carece en absoluto de capacidad para las tareas políticas rectoras. Es el tipo social menos propio y adecuado para el ejercicio del poder político. Le falta por completo el sentido de lo colectivo, el espíritu de la comunidad popular, la ambición histórica y el temple heroico. 

Todo lo que actúa hoy como germen de resquebrajamiento, de impotencia, de cansancio y egoísmo, se debe de un modo directo al predominio social de la burguesía, y al predominio político de sus mandatarios, sus abogados y testaferros. 

Ha entrado hace ya tiempo la civilización demoburguesa en una etapa final, caracterizada por la hipocresía, pues habiendo perdido ella misma la fe en sus principios, trata de sostenerse a costa de desvirtuarlos y falsearlos cínicamente. Favorece tal empresa el hecho de que la actitud característica del espíritu demoburgués —tendencia a la crítica, ceguera para lo colectivo, tibieza patriótica, falso humanitarismo sentimental, etc.— es compartida por anchas y extensas zonas, ya que sus contornos no se ciñen sólo a capas y sectores de privilegio económico, sino que alcanzan y comprenden también núcleos populares, proletarios, captados por él y por sus características más viles y degradadas. 

Pero esa actitud histórica, en su sector más representativo y operante, tiene ya hoy plena conciencia de su infecundidad y agotamiento. Advierte que sus ideales políticos, lejos de construir y edificar nada, se transforman apenas salen de sus labios en fuentes de destrucción y de discordia. Sabe que su sistema y su ordenación económica conducen al advenimiento de crisis gigantescas, a su propia ruina y al hambre de las grandes masas en paro forzoso. Ve, asimismo, que las instituciones políticas y sociales, creadas por ella, convierten a las naciones en teatro permanente de sangrientas pugnas, y debilitan cada día más la solidaridad nacional, hasta poner en peligro la propia vigencia histórica de los pueblos. Percibe que no sabe qué hacer con las grandes oleadas juveniles que van llegando, y contempla, por último, la inminencia de su agotamiento y de su desaparición irremediable. 

Ramiro Ledesma Ramos, Discurso a las juventudes de España.

viernes, 25 de abril de 2014

Algunas de las verdaderas causas de la II Guerra Mundial

Abolición del interés del dinero.

El economista alemán Gottfried Feder, en su obra Manifiesto para el quebrantamiento de la servidumbre del interés del dinero, dedicó un estudio específico al interés del dinero y por qué éste constituye un gran mal para un país. La tesis del préstamo a interés, afirma Feder, es “el invento diabólico del supracapitalismo”.

Sólo ella posibilita la indolente vida de zángano de una minoría de poderosos del dinero, a costa de los pueblos creadores y de su capacidad de trabajo; es ella quien ha llevado a la sociedad a vivir contrastes abismales. El quebrantamiento de la servidumbre del interés del dinero significa la restauración de la libre personalidad, la salvación del hombre de la esclavización. El capital prestamista es tan infinitamente superior frente a todo gran capital industrial (dedicado a producción), que las grandes potencias del dinero sólo pueden ser enfrentadas eficientemente mediante el quebrantamiento de la servidumbre del interés del capital prestamista.

Hjalmar Schacht (un masón y saboteador de los esfuerzos militares alemanes) fue uno de los principales encargados de alimentar al principio de los años 30, la inestabilidad que acabó haciendo caer a los sucesivos cancilleres alemanes hasta que Adolf Hitler asumió el cargo. Schacht obtuvo préstamos de los banqueros judíos Montagu, Mendelssohn, Wassermann, Warburg y de la Banca Morgan norteamericana.

Cuando Hitler afianzó el poder, y coincidiendo totalmente con Feder, rechazó las proposiciones de Schacht para que Alemania pidiera préstamos de extranjeros y le prohibió que continuara por ese camino. Le dijo que no quería que Alemania viviera de prestado; “los préstamos ataban al país; le coartaban su soberanía”.

Los créditos, además de que significan una carga de intereses, implican depender políticamente de fuerzas extrañas a la nación. Los intereses devoran la capacidad de ahorro de un pueblo.

Sustitución del “patrón-oro” por el “patrón-trabajo”.

“Hitler saludando a los obreros”

En el capitalismo financiero plutocrático, el capital produce la riqueza, pero en la economía del Tercer Reich, es el trabajo el medio que la produce.

La economía nacionalsocialista se desliga completamente del sistema monetario basado en el interés, la deuda, el dinero-fiat y el patrón-oro. Sólo se emite moneda para pagar un trabajo realizado. La moneda está respaldada por el trabajo y la riqueza real de la nación, no por cuestiones intangibles ni por recursos materiales que no existen en la práctica. La masa monetaria de un país debería ser exactamente igual a la riqueza real y tangible de dicho país. No puede ser que haya más dinero o menos dinero que bienes y servicios disponibles. Si el Estado desea crear crédito (dinero), antes debe crear riqueza.

Los beneficios producidos por las obras públicas costean su propia construcción. Por ende, las obras se pagan a sí mismas, y cada vez que se hace una obra, simplemente se crea dinero para pagar a los trabajadores y así aumenta la masa monetaria conforme al valor real de la obra. De este modo, el asunto de los impuestos sufriría una revolución total en un sistema económico nacionalsocialista: los impuestos podrían bajar muchísimo y hasta suprimirse del todo, lo cual era el objetivo final de los nacionalsocialistas.

El bien común antes que el propio.

Oswald Spengler afirmó que “Toda vida económica es la expresión de una vida psíquica… Una economía puede moldearse según el alma de una generación… La economía tiene un deber moral… Desde Adam Smith hasta Marx se utiliza un análisis eminentemente materialista… Tenemos una concepción nueva de la economía que está situada más allá del capitalismo y del marxismo.”

Por su parte Feder afirmaba: “Las finanzas deben estar al servicio de la comunidad. Los plutócratas no deben formar un Estado dentro del Estado. En el área de la política social nuestro principio debe ser: el bien general es la ley suprema.”

En plática con los obreros de la construcción, donde millones de cesantes estaban encontrando empleo, Hitler les decía: 

Yo juzgo a una economía desde el punto de vista del provecho que en la práctica proporciona al pueblo y no partiendo de una teoría. Así, si alguien nos dice: Miren, tengo una teoría económica maravillosa, debemos responderle: ¿Qué provecho se le puede sacar? Esto es lo decisivo. La teoría no debe interesar en modo alguno, nos debe interesar únicamente el provecho, pues las personas no están al servicio de la economía, sino la economía al servicio de las personas.

Adolf Hitler.